Descubrimientos cinematográficos: “El tío Boonmee que recuerda sus vidas pasadas” de Apichatpong Weerasethakul

El ensueño de ver por primera vez la obra de este irreverente director.

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Apichatpong Weerasethakul es uno de esos personajes que uno va encontrando por el camino de forma cada vez más recurrente. Ya en anteriores ocasiones me han recomendado ver sus películas, tanto por su calidad como por los temas que plantea, que aparentemente tienen conexiones con mi proyecto plástico personal. Además, el tailandés tuvo una seguidilla de noticias relacionadas con Colombia durante este año, no sólo por haber sido homenajeado en el Festival de Cine de Cartagena, sino porque anunció que rodará su próxima cinta en estas tierras, casi en las antípodas de su natal Bangkok.

Hasta este momento no había tenido la oportunidad de ver ninguna producción de Apichatpong, y al ser uno de los consentidos de un público formado en cine, el acercamiento lo realizo con cautela. Mi escogida, fue “El tío Boonmee que recuerda sus vidas pasadas” de 2010, primera Palma de Oro para una película asiática desde 1997 y la consagración de este director nacido en 1970.

La narración transcurre en medio de una granja del noreste tailandés, donde el dueño, Boonmee, está acariciando la idea de morir en cualquier momento a causa de una insuficiencia renal. La muerte misma se convierte en un viaje solemne a través del tiempo incierto; la mirada se sitúa desde las tradiciones del budismo theravada, donde los espíritus comparten el mundo en diferentes planos de la existencia que a veces chocan.

“El tío Boonmee que recuerda sus vidas pasadas” es muy diferente del cine comercial que estamos acostumbrados a consumir. Es una película para rumiar. Afortunadamente sus planos estáticos permiten contemplar adecuadamente cada detalle. Es una película donde el tiempo se detiene y cada segundo se posesiona sobre su valor. Es un entrar y salir constante a estados de consciencia meditativos.

La sucesión de imágenes sencillas a nivel compositivo, pero de extrema belleza, acompaña al tío de forma serena en su último trayecto. El silencio es guía y maestro en este filme, y esa ausencia de diálogo se compenetra con la potencia de la fotografía.

La narración no se atiene a las normas tácitas preestablecidas. La aparición constante y sutil de nuevos elementos provocan giros en la historia que podrían descolocar a cualquier espectador desprevenido. El desarrollo no se constriñe a una secuencia rígida de eventos, y junto con ingredientes fantásticos, el filme termina por adquirir una atmósfera onírica donde no se percibe un norte de realidad.

No es una producción pretenciosa, no habla desde un aparataje técnico monstruoso sino desde la muerte, humilde y digna, del dispositivo analógico en la producción cinematográfica. Precisamente Apichatpong rodó en película de 16 mm, lo que contribuye a una imagen que homenajea al cine de su infancia.

Esta cinta no puedo recomendarla a cualquier persona que quiera llenar un espacio en la agenda. Es un filme para disfrutar, difícil para quien no quiera comulgar con su aire dilatado. Una vez que captura, es capaz de situarnos en esos parajes tropicales, de humedad, calor e insectos. Esta es una obra que quedará alojada en mis pensamientos largo tiempo por las sensaciones que me produjo, por la mirada a la muerte sosegada y por la incertidumbre del tiempo. Cuando la digiera, buscaré más de Apichatpong Weerasethakul.

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