Saborear la pintura abstracta

Que atrás quede la timidez ante uno de los géneros imperdibles de la pintura.

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La pintura abstracta es una de aquellas expresiones del arte que resultan crípticas para el grueso del público. La dificultad con la que se enfrenta un espectador inexperto en la materia reside en que es un género que se aparta al máximo posible de referencias a la realidad y pretende al mismo tiempo tener un nivel de iconicidad lo más bajo posible. Sin embargo, como toda expresión artística, siempre está atada a procesos emotivos y racionales que, si nos abrimos, podremos dejar entrar en nuestras vidas.

Ya disfrutamos de la abstracción a diario. No existe persona que no se haya maravillado ante la combinación delicada de sonidos que llamamos música, una de las expresiones más abstractas inventadas. El estudio y la experimentación del sonido por el sonido dio paso al desarrollo de lenguajes complejos en un equilibrio entre la física de las ondas y sus relaciones matemáticas, y las tensiones que desatan pulsiones emocionales. Así, cuando escuchamos desde un silbo de La Gomera hasta un concierto para piano preparado, estamos disfrutando del ingenio y la abstracción creativa.

Igualmente pasa en las artes visuales. Sin embargo, a las sociedades occidentales les ha tomado un poco más de tiempo notar la potencia de la abstracción pictórica. En particular, el pensamiento que hemos heredado a través de la iglesia católica nos ha hecho dependientes de la imagen y la representación figurativa. Occidente y sus descendientes piensan casi a nivel fotográfico casi al nivel de imaginar a Dios como un hombre blanco y viejo, de túnica, barba y expresión airada, cuestión que incluso las otras religiones abrahámicas penalizarían fuertemente.

Para nosotros pensar sin una imagen es un reto tal, que sólo hasta el período de las vanguardias algunos artistas intrépidos comenzaron a desfigurar los contornos de las cosas.

Tal como sucedió con todas las vanguardias artísticas, la gestación de la abstracción no se dio de un momento para otro dentro de los círculos intelectuales del arte. Más bien, su aparición es el resultado de la conjunción de diferentes miradas a la historia y a las culturas que componen el pensamiento humano.

Un ejemplo es la abstracción geométrica. El origen de la idea de plasmar figuras geométricas en elementos decorativos no sólo data del establecimiento de los primeros grupos humanos, sino que se dio en simultáneo en todos los rincones del globo.

Sin embargo, hay que aclarar que la mayoría de las culturas buscan cierta iconicidad en sus representaciones, muchas veces atribuyendo un valor simbólico a patrones geométricos, mientras que la pintura abstracta busca despojarse de todo significado, infructuosamente en la mayoría de los casos.

Para que un creador primigenio llegue al punto de crear una imagen por la imagen, debe transitar una escala donde primero representará tan fidedignamente como le sea posible los objetos. Luego simplificará sus trazos y comenzará a dominar un contenido simbólico de la figura hasta convertirse en una mancha o un trazado irreconocible fuera de su contexto. Este es el camino que han tomado las escrituras.

La pintura abstracta pretende dar un paso más al eliminar el significado. Sin embargo, un artista no puede erradicar las referencias visuales de un espectador, que será entonces el encargado de devorar la obra y le otorgará el valor que le plazca.

El ideal de la pintura abstracta se acerca al arte por el arte, la experimentación plástica del color, el gesto, la forma no representativa y el ritmo. Conocer estos conceptos es fundamental para que el espectador pueda convertirse en admirador. La pintura abstracta es un laboratorio cromático, corporal y matérico, y cada cuadro hablará del todo constituido por el proceso de ejecución y sus relaciones casuales con la vida del espectador y de nada a la vez.

Tal como en la música, la plástica no requiere de anécdotas para ser disfrutada.

A la pintura abstracta la han dominado dos grandes corrientes que han determinado desarrollos particulares. A un lado del atlántico, la abstracción europea trabajó a partir de procesos racionales. Kandinsky, Piet Mondrian o Paul Klee tal vez sean los más famosos pintores abstractos y representativos de los procedimientos del viejo mundo. Allí predominaron el pensamiento en torno al color y la forma siempre contenidos dentro de un formato pequeño a mediano. Ejecuciones mesuradas y contenidas.

Tiempo después, cuando aterrizaron los aviones de la segunda guerra mundial en Estados Unidos, comenzó a surgir el género auténticamente norteamericano, impulsado por artistas europeos recién llegados. El expresionismo abstracto fue la respuesta no figurativa a las vanguardias europeas. Está centrado en la emoción y el diálogo con la materia plástica. Los formatos norteamericanos, por cuestión de idiosincrasia, crecieron exageradamente y esto impulsó el estudio del gesto.

El resultado fueron obras como las de Mark Rothko, con cuadros de grandes colores planos, pero que poseen una profundidad imposible de captar a través de una pantalla y que asemejan paisajes. O el famosísimo e infaltable Jackson Pollock cuyo estudio de la materialidad pictórica llevó a usar esmaltes para carro, en una expresión nunca más tan estadounidense.

La mayoría de las veces la pintura abstracta se presenta como un reto. Es común escuchar ante un cuadro de este género que tal obra la pudo haber hecho un niño. De una u otra forma, esta impresión no está tan alejada de la realidad, puesto que algunas corrientes de la pintura de vanguardia precisamente se rigen bajo estas premisas y buscan cierto espíritu naif en su estética.

Este reto se hace más interesante si se contemplan las intenciones de los artistas, y es posible para los espectadores romper la barrera de hielo al conocer de dónde surgió esta expresión del arte para así abrirle la puerta a la abstracción.

 

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