Diaghilev, el magnífico

La determinación de una sola persona que cambió el panorama del arte y la danza en los albores del siglo XX.

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La historia de las artes está en deuda con algunas personalidades excepcionales que consiguieron materializar una revolución completa en su entorno. Grandes maestros que para bien o para mal lograron capitalizar múltiples talentos para forjar un quiebre en la escena y fundar el mito de un antes y un después de sus obras.

La alineación de eventos en la vida de Sergei Diaghilev hizo que fuera uno de los nombres decisivos a la hora de entender la el desarrollo de la danza, incluso teniendo en cuenta que jamás pisó las tablas al ritmo de ninguna música. Sin embargo, no necesitó ser bailarín para trastornar el panorama dancístico en un tiempo convulso.

La transición del siglo XIX al XX marcó una ruptura en todas las artes, y al menos en Rusia y Francia, Diaghilev resultó involucrado con algunos de los exponentes que forjaron las vanguardias y que ejecutaron proyectos modernizadores de la estética y la sociedad. Él mismo sería el nudo que vinculara al ballet como una de las artes mayores y sentaría las bases de la danza contemporánea.

Sergej_Diaghilev_(1872-1929)_ritratto_da_Valentin_Aleksandrovich_SerovSergei Diaghilev tuvo la suerte de nacer en una familia acomodada en 1872 en el ovlast de Nóvgorod. No se escatimaron gastos en su educación y pudo viajar en varias ocasiones por Europa. Esta visión temprana de la vida cultural de distintos centros metropolitanos contrastaba con los acontecimientos de la Rusia zarista. Estaba contemplando una Europa que invertía todas sus energías en el nuevo concepto fundado por Wagner de la obra de arte total; en contraste con su propio país de varias naciones que, aunque rico en expresiones autóctonas, no llegaba a coronar la magnificencia anhelada por Pedro el Grande.

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Diaghilev tenía la convicción de dedicarse al campo de la cultura. Fracasó estudiando derecho por lo que ingresó al Conservatorio de San Petersburgo para aprender composición musical. Sin embargo, su maestro Nicolai Rimski-Kórsakov no estaba para nada contento con los resultados obtenidos. Finalmente, el compositor le dijo a su pupilo que su trabajo no valía la pena. Sin amedrentarse, Sergei le respondió lleno de seguridad, afirmando que sólo el futuro resolvería quién sería más importante, y tuvo razón.

En el último suspiro del siglo, entra a formar parte de un colectivo cultural llamado Mir Iskusstva (Mundo del Arte) donde se codearía con los intelectuales peterburgueses más importantes en áreas de la pintura, la escritura, el teatro y el pensamiento de avanzada. El grupo, que más tarde fundaría una revista con su mismo nombre, plantó su basamento en una idea de proyecto civilizador. Sergei, que no se destacaba especialmente en ningún campo, fue enviado de nuevo a viajar por el continente europeo.

Para ese momento, sus intereses comenzaban a alinearse hacia la esfera escénica, y cuando regresó a San Petersburgo, le fue encargada la dirección de los Anales del Teatro por parte del príncipe Sergei Wolkovsky. Esta publicación recopilaba el devenir del teatro imperial. Diaghilev hizo tal labor que agotó los recursos de los teatros y sus vínculos con las autoridades estatales quedaron cortadas indefinidamente. Sin embargo, sus lazos con las artes escénicas comenzaron a florecer y, apoyado en Mir Iskusstva, realizó un viaje por las diferentes naciones rusas con el fin de documentar la cultura de algunos de los pueblos que conformaban el imperio.

En 1905 los frutos de su trabajo se materializaron en una exposición de retrato en San Petersburgo. En 1096 amplió la selección de obras de arte y montó la exhibición en el Petit Palace de París. El éxito cosechado fue tal que los franceses insistieron en seguir conociendo la cultura rusa y para el año siguiente, Diaghilev organizó una serie de conciertos con obras abarcando un repertorio estilístico que iba desde Tchaikovsky hasta Rimsky-Korsakov.

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A partir de este momento, sus proyectos artísticos tuvieron su epicentro en la capital francesa. Presentó óperas, y bajo el concepto de obra de arte total, buscó una forma financieramente viable de continuar con sus esfuerzos.

El resultado lo encontró en los espectáculos de danza. en 1909 comenzó a reclutar personal de los Ballets Imperiales, y fundó oficialmente en París sus Ballets Rusos. El proyecto alcanzó su esplendor incluso en los años de la Gran Guerra, y, a pesar de su éxito que alcanzaría a realizar temporadas en Buenos Aires y Montevideo, fue objeto de censura por parte del régimen soviético.

Diaghilev no pisaría más el suelo ruso y quedaría exiliado por representar en su trabajo una cara del territorio transcontinental que no era bien vista por la autoridades. Incluso, Nicolai Diaghilev, su hermano, terminaría internado y ejecutado en un campo de concentración y exterminio del régimen.

A pesar de las dificultades y quiebras económicas, Diaghilev demostró una tenacidad implacable, y tuvo en la alineación de su proyecto a algunas leyendas como Vaslav Nijinsky o Ana Pavlova.Harvard_Theatre_Collection_-_Fokine,_MS_Thr_414.2_(44)

Sergei estaba convencido de que la mejor publicidad para sus espectáculos era la polémica. De este modo, organizó con un casi desconocido Igor Stravinsky una representación nunca antes vista, que es al día de hoy, el acto fundacional tanto de la danza contemporánea como de la música académica del siglo XX.

La Consagración de la primavera fue presentada al público por primera vez el 29 de mayo de 1913 bajo el concepto de “Imágenes de la Rusia pagana en dos partes”. La coreografía estuvo a cargo de Nijinsky y la escenografía por el polímata Nicolai Roerich, miembro de Mir Iskusstva.

El escándalo generado por el debut de la obra alcanzó tales dimensiones que los asistentes a la representación se levantaron de sus sillas en trifulca entre quienes abucheaban o aclamaban el trabajo. Stravinsky se mostró profundamente afectado y desanimado por semejante reacción del público mientras que Diaghilev, en su actitud provocadora, estaba encantado.

Sergei Diaghilev continuó experimentando con la polemica. Para la temporada 1914, trabajó en el ballet Parade, idea de Jean Cocteau, musicalizado por Erik Satie y con escenografías y vestuarios de Pablo Picasso, aunque no contó con la misma fuerza mediática que su estreno del año anterior.

Entrados en los años de la guerra, las dificultades económicas no se hicieron esperar. Sin embargo, no cejó su esfuerzo y mantuvo su compañía ofreciendo giras internacionales, sembrando el interés por el ballet en el suelo que pisaba hasta 1929, año en el que Diaghilev exharala por última vez a la edad de 57, el aire veneciano que tanto agradaba a Mir Iskusstva, aquejado por diabetes.

La continuidad de los Ballets Rusos después de la desaparición de Sergei fue insostenible. Sin embargo, la semilla ya había dado sus frutos, y el panorama del arte había cambiado completamente. Años antes, Ana Pavlova fundó su propio proyecto, que a día de hoy sigue activo.

La fama, tanto de bailarines como de compositores, de había esparcido, y el sueño de Diaghilev de forjar un proyecto cultural ruso, se había consolidado. Es así como la resiliencia de este personaje contribuyó a dejar en el mapa europeo y del mundo, una huella imborrable de las expresiones gestadas a lado y lado de los montes Urales.

 

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