Objetividad, desapego, recursividad y resiliencia

Trabajar en contextos hostiles, con todas las apuestas en contra, no es razón suficiente para no ponerse manos a la obra a la hora de llevar un proyecto cultural.

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“La vaca” es un cuento repetido hasta el cansancio en entornos de emprendimiento y superación. En resumidas cuentas, un maestro incita a su discípulo al asesinato de una vaca, única fuente de sustento de una familia en condición de pobreza extrema. El cuento termina felizmente al cabo de un tiempo, después de que el autor intelectual del asesinato ya ha fallecido, cuando el discípulo vuelve de visita a la casa de la pobre familia y se encuentra con que el atentado al patrimonio familiar ha desatado un frenesí desesperado por el rebusque y ha dado como resultado una mejora en la calidad de vida.

Por supuesto que no es una apología a “el pobre es pobre porque quiere”. Más allá del cliché, la historia se conecta con algunas de las experiencias que he tenido en la ejecución de proyectos y me ha despertado las reflexiones que hoy presento.

Emprender un proyecto cultural, particularmente en Latinoamérica, es enfrentarse directamente a un asedio de dificultades que más temprano que tarde aparecerán en el panorama. En especial, el sector de la cultura afronta el estigma de baja rentabilidad financiera, por lo que usualmente es un campo sometido a la desfinanciación.

Sin embargo, la falta de recursos económicos no será el único tipo de problemas que pueda llegar a enfrentar un gestor cultural en la región. La falta de interés del público, las dificultades para concretar escenarios culturales, la posibilidad de reunir en un mismo recinto un número determinado de obras, e incluso, la baja productividad de las personas involucradas puede suponer un verdadero dolor de cabeza para quienes tengan el coraje de iniciar un proyecto asociado a la cultura.

Antes que dejarse vencer por los obstáculos que presenta el panorama, cualquier agente cultural que tenga en sus manos un proyecto debe tener en cuenta una serie de conceptos que facilitarán la detección de posibles riesgos, y revestirse de un cuarteto de cualidades que pondrá en marcha las actividades en un contexto todo terreno.

A continuación, algunos conceptos útiles para no perder la cabeza ante las dificultades de la gestión de proyectos:

Proceso de evaluación constante

Prevenir es mejor que curar. Manteniendo bien abiertos los ojos, es posible notar las áreas que puedan estar presentando problemas. Es conveniente implementar herramientas que nos ayuden a detectar los problemas antes de que sucedan. Un proceso de evaluación constante nos permite anticipar toda calamidad u oportunidad de forma que podamos sacar siempre el mejor provecho de cualquier situación que enfrentemos en el proyecto que tengamos entre manos.

Ley de Parkinson

En anteriores artículos hemos hablado del principio de Pareto, donde el 20% de nuestro tiempo lo invertimos en los procesos que nos aportan el 80% de las utilidades. Los problemas no sólo existen en forma de imprevistos y molestias ociosas. Muchas veces, podemos invertir mejor nuestra energía en áreas específicas que nos dan mejores resultados con menor esfuerzo. Los procesos de evaluación deben permitirnos detectar estas áreas para reforzar los sectores más fuertes, o incluso para abortar áreas de trabajo del proyecto que trituran recursos sin que exista una retribución real.

Detectar los procesos que interrumpen el flujo adecuado del proyecto

En ocasiones la detección estos procesos se dificulta ya que suelen ser partes del proyecto con las que tenemos un vínculo emocional, o sin los que sencillamente no podemos concebir la consecución de los objetivos marcados. Sin embargo, la realidad es que son los objetivos los que determinan de manera racional aquello que debemos conseguir con nuestras acciones y no necesariamente bajo metodologías rígidas y mucho menos regidas por apegos sentimentales.

Los objetivos pueden alcanzarse mediante diferentes estrategias

Al momento de formular los planes del proyecto, lo único que realmente no puede cambiar es el objetivo general porque de lo contrario todo el trazado se desvirtúa. Más allá de esto, todos los elementos de la formulación de un proyecto son hasta cierto grado flexibles. De este modo, es posible la aplicación de diferentes estrategias para la consecución de nuestras metas tan pronto como debamos detener algún proceso que nos impida efectuar correctamente el trabajo.

La búsqueda constante de alternativas

En este sentido, nunca sobra una actitud mesuradamente soñadora donde se efectúe la búsqueda constante de alternativas que puedan conducirnos a un mejor estado de los procesos que efectuemos. Esta indagación más allá de erigirse como una necesidad imperante en la urgencia, debe ser una labor efectuada con miras a la mejora de la productividad y el aprovechamiento tanto de nuestra energía como de los recursos físicos y monetarios disponibles, pero peligrosamente finitos.

Teniendo en cuenta lo tratado hasta este punto, se vislumbran cuatro principios que facilitarán en gran medida la forma en la que gestionamos en plan de acción de nuestros proyectos y que resultan ser cualidades necesarias en un gestor.

En primer lugar, la objetividad se funda como la capacidad de vislumbrar los procesos de forma analítica y transparente, más allá de los filtros que nos imponga el vínculo emocional con el proyecto. Con esta condición, no nos costará usar las diferentes barras de medida para conocer la desnudez de nuestros planes, incluyendo las fortalezas y vulnerabilidades que debemos atender de forma adecuada.

Una segunda cualidad es el desapego. La evolución de los proyectos implica cambios de planes que nos obligan a descartar actividades que inicialmente nos provocaban entusiasmo, pero que en determinado momento pudieron haberse convertido en un lastre. Practicar el desapego dentro de la gestión de proyectos conlleva saber descartar acciones, recursos, objetivos y hasta personal que esté generando baches en el sendero que debemos recorrer. Incluso puede que el recorte al que se vea sometido el proyecto no provenga de decisiones internas, sino de un ente externo. Es muy frecuente ver cómo recursos prometidos por terceros son reducidos, poniendo en riesgo la integridad de todos los planes.

Una vez identificado y descartado el elemento problemático, la recursividad es un factor importante para ayudar a sanar los procesos que lleva el proyecto. Siempre es necesaria, ya sea para reducir los costos o ajustar presupuestos desencajados, para agilizar procesos, para reemplazar partes importantes del proyecto o para suplir necesidades básicas. En un entorno tan hostil para la gestión cultural como América Latina, la recursividad emerge como salvavidas y hace brillar muchos de los proyectos llevados a cabo con los menores recursos y las mayores apuestas por el ingenio.

Más allá de victimizarnos dentro de este contexto, debemos impregnarnos de la cuarta cualidad necesaria en los gestores culturales. La resiliencia es la propiedad que tiene un ente de resistir y sobreponerse a las tensiones ejercidas sobre sí. En esta vía, la resiliencia como condición del gestor resulta en la sumatoria de las cualidades anteriormente descritas y de una fuerza visceral que lleve a buen término los objetivos buscados, más allá de los obstáculos que puedan haber aparecido durante el proceso. La resiliencia implica adoptar una posición proactiva a pesar de la vida, y requiere entrenamiento, para lograr en simultáneo endurecer nuestra coraza y engrasar nuestra maquinaria.

Un equipo de trabajo con estas cuatro facultades será prácticamente imparable, y podrá someterse a transitar por terrenos cenagosos, donde a pesar de los recursos limitados y de la incomodidad, pueda ser libre de desarrollar los proyectos más ambiciosos.

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