Zarpar al arte contemporáneo

David Jiménez hace un recuento de su proyecto de grado en el marco de Agúzate, XXXIX Muestra de Trabajos de Grado de la Escuela de Artes Plásticas de la Universidad Nacional.

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Olor a mar

Antes de subir a este bote, querido lector, me gustaría empezar haciendo dos preguntas: Si quisiéramos hablar de arte contemporáneo, ¿Qué sugiere que tenemos que buscar? ¿Dónde convendría que viéramos?

¿Deberíamos escudriñar entre infinitas redes sociales y páginas web sobre arte para encontrar lo último en obras artísticas, o tendríamos que visitar todo espacio que se abra al público con las palabras “arte y cultura” como eslogan? ¿Y en dónde deberíamos buscar? ¿“Afuera”, en los centros dominantes de la cultura que adoban el mercado del arte para que se cocine apetitosamente, emanando de él un aroma que antoja a unos vecinos siempre prestos a comer del mismo plato? ¿O “adentro”, en una comunidad artística que rasca las paredes de una alhaja tricolor que bombea de su boca un perfume a sangre seca, trópico húmedo y risas tintineantes de un pueblo variopinto?

Estas preocupaciones, más que dardos pretenciosos lanzados hacia ustedes, fueron los disparadores de una investigación que me ocupó durante el 2018. Buscaba algo de qué hablar para dar un broche de oro a una carrera en artes, y atraído por lo impreciso que era para mí la noción de arte en la contemporaneidad, me dediqué a explorar este concepto dentro del contexto colombiano. Aun así, frente a una duda tan absorbente, esta cuestión era demasiado amplia como para emprender en cualquier dirección, por lo que me tomó un tiempo poder empezar.

Pasaban las semanas y solo podía sentir el peso del proyecto en el que quería embarcarme, hasta que un acalorado día, metido en un galpón que intentaba ser una escuela de artes, vi frente a mí a varios compañeros que hablaban de sus proyectos de grado; a través de diapositivas, recortes en las paredes, trabajos en gran formato o textos que intentaban organizar las redes narrativas que cada estudiante hilaba, se tendían los intereses de cada uno de ellos y el cómo proyectaban su idea en diversas promesas que con el tiempo se materializarían. Ahí fue cuando me di cuenta que estaba viviendo un preludio de lo que serían las obras de arte que vería unos meses después en la muestra de trabajos de grado que hace la Escuela de artes plásticas y visuales de la Universidad Nacional de Colombia, organizada cada semestre como acto político de resistencia [i], era el principio de la nueva producción de jóvenes artistas que intentarían sobrevivir con las herramientas dadas por un sistema de educación superior. Esta revelación fue lo que me enseño el camino que debía tomar esta investigación; no era ver a los artistas que emergían en exposiciones o premios distritales, nacionales e internacionales; no es hablar de la última producción hecha por los nombres reconocidos del arte colombiano; la cuestión era que al ver dentro del aula de clase, en los talleres y en las manifestaciones incipientes de los estudiantes que aspiraban a un sitio en el mundo del arte se encontraba una parte de la esencia de la contemporaneidad, se encontraba el lugar en donde nace el arte contemporáneo.

Ya habiendo encontrado a la efigie que colmaría de preguntas, solo era cuestión de observar con detenimiento de lo que hablaban mis colegas y cómo lo hacían en una de las clases más avanzadas de la carrera, llamada Proyecto de grado II [ii]. Percibí que muchos de ellos, al igual que mi yo-artista, sentían una pulsión tanática que los llevaba a indagar sobre su relación con la muerte, particularmente recuerdo los trabajos de Casandra y Catalina, compañeras que abordaban con sensibilidad este tema desde una conexión espiritual con la muerte hasta la sanación de una pérdida personal, aún fresca en los ojos de una de ellas.

Esto me motivó a buscar una relación de la muerte con mi contexto, lo que inevitablemente me llevo a pensar en la guerra, en los problemas sociales en las ciudades y en las experiencias atroces de miles de compatriotas que a lo largo del siglo pasado (y de hoy en día, en un actualizado régimen de terror paramilitar) fecundaron de horror los campos colombianos. Pensé que tendría algo de donde agárrame para empezar a digitar balbuceos e ideas inconexas y llegar poco a poco a una revisión de tan inevitable acontecimiento en este alijo tricolor, pero fue inevitable estrellarme con una cuestión un poco más dura que gritaba por mi atención, y que con el tiempo se convirtió en el faro de mi pesquisa: ¿Acaso los trabajos de grado eran arte?

Esta fue la pregunta que de forma engañosa reventó en esporas, que, como una granada, disperso miles de partículas espinosas, cada una más puntiaguda que la anterior. ¿Acaso es realmente arte lo que producían mis compañeros? ¿Quién le daba este calificativo y aprobación? ¿Cuáles eran los criterios con los que se valoraban? ¿Qué diferencia había entre la producción académica y la “profesional”? ¿El espacio de producción influía? ¿Qué distingue a un individuo como un artista?…

Una mañana soleada de Julio sentí la potencia de esta sacudida, la cual detuvo mi trayecto hacia un examen de la muerte y la violencia un poco más convencional, por lo que, un poco extrañado pero claramente fascinado, decidí dejarlo como una deuda para conmigo mismo y empecé a cazar algunas de las partículas despedidas del cuestionamiento, abocado a resolver algo de ese vórtice de preguntas que logro atraparme.

¡A pescar!

Comenzada la indagación, había que contextualizar y acotar mejor el sentido que esta iba a tener. Ya tenía un quién y un dónde al cual preguntar, pero la problemática aún estaba muy difusa.

Aquí es donde entra el que fue mi tutor durante este proyecto, William Alfonso López Rosas, profesor de la universidad especializado en patrimonio y museología, mi interlocutor principal y el guía que me respaldo a lo largo de este proceso. Entre las varias conversaciones y tragos de café sin endulzar que teníamos, descubrí que enfocando mi investigación a los vestigios de trabajos de grado podría encontrar artistas y obras interesantes para analizar, por lo que me puse en la tarea de estudiar los catálogos de las muestra de trabajos de grado desde el 2000 (esto teniendo como criterio de contemporaneidad que fueran profesionales activos en el medio artístico y que su trabajo fuera de este siglo).

En este momento, aunque había dejado el trabajo con la muerte como tema principal, mi pulsión tanática me llevaba a interesarme por trabajos que cuestionaran la vida y la muerte desde las miradas particulares de los artistas.

Fue una experiencia desalentadora. Revisando catálogos desde comienzos de siglo hasta el 2012 (último catálogo publicado) seleccione 35 artistas de las centenas de egresados durante este periodo de tiempo por su afinidad temática con la muerte, de los cuales solo 12 seguían dedicándose al campo artístico y tenían una trayectoria comprobable, que de los cuales solo 5 tenían la destreza y calidad suficientes como para estudiar sus trabajos (eso sí, según mi criterio personal). Solo fui capaz de preguntarme brevemente por ese gran porcentaje que desapareció después de terminar la carrera. El panorama fue desmoralizante como próximo egresado-desempleado, pero también fue una alerta de otra situación que ameritaba una investigación… otra deuda que debía pagarme en el futuro.

Después de la selección y estudio de las obras, vino la prolongada lectura de los referentes que iba encontrando. Cada uno me pedía saber más de otro tema y buscar más referentes, atiborrando mi cabeza de ideas y conexiones que abrían más caminos por los que esta investigación podía tomar, pero siempre mi faro, prominente y de mirada severa, brillaba sobre la barca en la que flotaba en este mar de información. Esto me ayudó a focalizar la problemática en áreas muy específicas del arte: La educación artística, la universidad como espacio de formación artística, el estado epistemológico del arte colombiano y finalmente, el sistema de legitimación que configuraba el campo artístico en mi contexto.

¡Bum! Como otra explosión se reveló. Esta última área se convirtió en mi bandera, en el ondeante estandarte que llevaría hasta el final de este camino.

Estas áreas me sirvieron para delimitar mi zona de pesca, por lo que ahora solo era cuestión de lanzar la red para atrapar a cuanto ejemplar se enredara entre mis preguntas. Bourdieu, Camnitzer, Cheng, Han, Huertas, Linares, Schopenhauer y Suárez fueron los más gordos y espléndidos autores que encontré en este insondable océano. Cada uno era tan rico en matices y densidades, que con ellos pude dar un esqueleto que estructurara lo que sería este proyecto, eso sin perder lo gustoso y fértil de sus carnes, que servirán de carnada para los pendientes que empezaban a acumularse en una lista de quehaceres para el mañana.

Ya habiendo llenado mi atarraya, debía seguir escogiendo entre lo apresado para poder preparar un buen plato. En este punto, después de revisar los referentes con atención, decidí partir mi trabajo en tres partes: la primera sería una investigación/crítica de las falencias de una formación artística dominada por un discurso disciplinar, muy propio de un sistema de legitimación universitario[iii], y de los aciertos generados desde este sistema y comunidad académica que se ha consolidado a lo largo de los años. La segunda parte sería la proposición de diversos criterios alternativos (sobre todo de carácter filosófico) para la evaluación y legitimación de los profesionales que se egresan de una carrera universitaria en artes. Y por último, la tercera parte sería la revisión de un caso, una obra de arte producto de un trabajo de grado, que usaría para comprobar la viabilidad de todos los criterios anteriormente argumentados que legitiman al estudiante como un agente que construye y constituye el medio artístico colombiano, sin la expresa necesidad de un diploma universitario, pero eso sí, valorando críticamente los aspectos positivos y negativos de esta dinámica legitimadora.

Ya escogido lo más sabiamente posible la pulpa que serviría en mis platos y los cebos que guardaría para el futuro, era momento de conectar todas las ideas y hacerlas coherentes en un texto, por lo que era el tiempo de volver a la costa para cocinar lo que había pescado.

De camino al puerto

Afortunadamente no estuve solo durante este trayecto de vuelta a casa. Pude afinar y templar mi mirada gracias a los consejos y perspectivas de William, Miguel Huertas y Ana María Lozano (estos últimos también profesores de la universidad), a las preguntas e ideas de Andrés Mora, Paula Duran, Heidy Sandoval y Esteban Vanegas (compañeros que escucharon y acompañaron brevemente el proceso) y al apoyo incondicional de mi padre, César Jiménez, y de un pajarito disperso que sobrevuela mi caminar hace dos años y medio, Andrea Camila Morales.

Gracias a estas personas, la investigación nunca se hizo demasiado pesada, más allá de la exigencia que yo mismo aplicaba a mis procesos, ni se desviaba tan frecuentemente como si hubiera pasado inevitablemente al caminarla solo, y aunque parezca intrascendente mencionar a estas personas, la naturaleza de esta investigación (y me arriesgaría a decir que de cualquier otra) es una naturaleza colectiva que a veces se obvia en este tipo de proyectos. Sin la mirada del otro y la interacción/retroalimentación de las ideas con las realidades ajenas, los textos serían ensimismaciones prepotentes que solo enuncian explícitamente los prejuicios del escritor, que por mejor argumentadas que estén, solo dan cuenta de una pequeña parte del mundo y sus recovecos. Aquí yace el valor de las personas que apoyaron, en mayor o menor medida, esta búsqueda de respuestas que desembarcaba de una buena tarde de faena.

Refinadas y pulidas mis observaciones como cuchillos para descamar, tuve que empezar a tomar una serie de decisiones para potenciaban la expresión de propia investigación, a pesar de que aumentaban considerablemente la dificultad de este proyecto.

La primera de ellas fue el decantarme a la redacción de un diálogo y no de un ensayo académico, pues la escritura académica me era insuficiente para expresar adecuadamente algunas ideas, y el diálogo entre los dos personajes principales, Victoria y Daniel, representaba una gran herramienta estilística que insuflaría de vida al ensayo para que pueda llegar más fácilmente a una esfera fuera del público especializado. La segunda de ellas fue decidirme por el orden final de las partes, ya que en la elaboración del texto era constante el intercambio de las partes buscando la máxima contundencia que este podía tener, por lo que fue persistente y angustioso el desajuste en la coherencia y cohesión de las ideas, haciéndose una preocupación importante que al menos en dos ocasiones logró robarme un par de lágrimas de frustración. La tercera de ellas, y debo decir que la más sorteable, fue la elección de la obra que analizaría para verificar las validez de los criterios propuestos en una de las partes del texto (puesto que hablar a profundidad de cinco excede la intención de este proyecto). Seleccione la obra El aliento mismo de la artista Pusa Pinaud (a quien agradezco también su infinita disposición con esta investigación) no solo por la afinidad conceptual y espiritual que tuve con su trabajo, sino por la particular solución estética con la que Pinaud resolvió su proceso creativo, la cual invito a que conozcan de la boca de ella.

Mientras navegaba entre estas decisiones, para mi primera parte analicé la historia de la Escuela de artes plásticas y visuales. Me remonté a su pasado fundacional como primera academia de artes del país inaugurada en 1886 gracias a la búsqueda de entender como esta escuela de artes llego a hacer parte de la universidad.

Encontré que la academia desde sus inicios fue un órgano pensando para el control estético, por lo que no me tomó mucho comprender cómo, al ser absorbida por la Universidad Nacional de Colombia, simplemente actualizó su función, sometió su naturaleza epistemológica a las nociones universitarias[iv] y mantuvo su estatus de institución legitimadora, mientras que al mismo tiempo arrastraba nociones muy tradicionales del arte que perduraron hasta 1993, donde la reforma académica Mockus/Páramo[v] llevó a una reestructuración que desatascó la anquilosada carrera de Bellas Artes y la transformó en la contemporánea carrera de Artes Plásticas y Visuales. Después critiqué la invalidez de los criterios universitarios[vi] usados a la hora de evaluar el conocimiento producido por la comunidad académica de artes, rescaté los actos políticos de resistencia y exhibí las falencias pedagógicas de esta comunidad, para acto seguido, diseccionar el plan de estudios actual de la carrera y evidenciar las incongruencias entre el modelo pedagógico y la “misión” de la institución educativa.

Para la segunda parte, mientras descamaba los ejemplares, sustenté criterios alternativos que podrían tenerse en cuenta a la hora de evaluar la producción y los procesos creativos generados por la comunidad de la Escuela de Artes Plásticas y Visuales, reconociendo en la figura social y cultural del artista lo siguiente:

  • Primero. El artista como individuo que simboliza y constituye la representación de las cosas y que conforma nuestra relación estética (contemplativa) con el mundo y permitiendo relacionarnos con él.
  • Segundo. El artista como individuo que experimenta de manera natural la voluntad (la fuerza irracional) de las cosas del mundo y que expresa de manera innata la intuición humana a través de los objetos y las prácticas artísticas.
  • Tercero. El artista como sujeto sensible que dinamiza, desarrolla y expande el conocimiento de una sociedad.
  • Cuarto. El artista como individuo que sirve de medio interpretativo (o canal de comunicación subjetivo), nexo comunicativo de símbolos y valores sociales, culturales y políticos de un sujeto o una comunidad para la conformación social de estos en los ámbitos humanos.
  • Quinto. El artista como sujeto que construye las relaciones y experiencias para una comprensión más amplia del mundo más allá de la obra de arte.
  • Sexto. El artista como un maestro innato de la experiencia del mundo, su voluntad y sus representaciones, como sujeto forma y se forma a sí mismo dentro de las infinitas experiencias del mundo, compartiéndolas como relaciones intersubjetivas a través de expresiones sensibles.

Y para mi tercera y última parte, como decapitación de toda la pesca, apliqué estos criterios a la obra de El aliento mismo de Pinaud para comprobar su validez como páutas evaluativas más acordes con la naturaleza de la profesión. Ya quedará en cada uno de ustedes, queridos lectores, leer los ladrillos que construyeron esta investigación y comprobar si efectivamente estas alternativas son las adecuadas, en reemplazo de los criterios disciplinares que predomina en la universidad.

Con todas estas ideas puestas en un archivo .docx, solo fue cuestión de sentarme a escribir, redactar y dejarme llevar por las corrientes de frías aguas que acariciaban la obra viva[vii] de mi pequeño bote durante centenares de horas. Ya el puerto se alcanzaba a divisar, y sin prisa, con su cubierta iluminada por el faro espero la jugosa redada en la que me había zambullido.

¡Buen provecho!

Llegó el 22 de enero de este año. Habían pasado siete meses desde que salí de puerto. La muestra de trabajos de grado XXXIX ya era una realidad y los espacios clamaban ser ocupados por los artistas, entre los que me gusta considerar que estoy entre ellos. Era media noche y yo no daba más cuando envié la versión final a William y a mis jurados a través de mi correo. 95 páginas de divagar filosófico me habían cambiado el alma y habían hecho madurar mis juicios personales sobre todo lo que respecta al mundo del arte.

El plato marítimo ya había sido cocinado, e intentando ser un manjar, solo faltaba especiarlo y decorarlo al gusto. Pero ¿cómo iba a servir finalmente ante la academia, objeto de mis duras acusaciones, este dichoso platillo?

Pensé en no repetir el patrón particular de objetos estéticos que abundan en las muestras de trabajo de grado, por lo que propuse para la exposición Agúzate que te están velando[viii] crear un espacio de socialización para que el público pueda interactuar con la investigación de forma más activa y pedagógica. El chiste es poder disponer de un lugar en el que se pudiera discutir sobre algunas de las preguntas que dominaban la investigación de forma implícita, y aunque estas parezcan demasiado sencillas, o todo lo contrario, demasiado complejas, sirvieran de vehículos para interrogaciones mucho más elaboradas que empiecen a construir conocimiento de manera personal en cada persona.

Una pequeña sala de exhibición sirvió para acoger este espacio de discusión. Aprovechando que las paredes negras de anteriores montajes, quise remitirme a tres experiencias particulares que había tenido: La primera eran los recuerdos de antiguas pizarras negras que yacían sobre las paredes de algunos colegios que tuve la oportunidad de conocer, la segunda, mi experiencia en actividades interactivas y pedagógicas con niños mientras trabajaba como mediador, y la tercera, mucho menos “decorosa” pero francamente más divertida, es mi frecuente intervención en las breves conversaciones que hay sobre las paredes de los baños públicos, charlas en las que la gente se va sumando con chistes, mensajes sin sentido o frases que intentan ser elocuentes en la cadena de respuestas en los muros de los cubículos. El plato principal quedo entonces sazonado con un recuerdo de mi infancia y adolescencia, con la interacción-estimulación del espectador y con esta práctica social tan particular en los baños públicos, haciendo de esta intervención un pequeño ejercicio pedagógico que socializaría la extenuante investigación que me ocupo durante un poco más de un semestre.

Declaración polimorfa de un artista, como terminó llamándose el escrito, ahora tiene un espacio para concluir su construcción gracias a la ayuda de otros, permitiendo que todos (artistas, público conocedor o general) pudieran contribuir, al modo particular de cada uno, en el cuestionamiento de las nociones del arte que algunos dan por sentado dentro del campo artístico y que no son tan claras para los que están fuera de él.

Y respondiendo provisionalmente las preguntas que usted encontró al principio de este texto, para hablar de arte contemporáneo debemos verlo todo y hacia todos lados. Es mirar “afuera”, en la vastedad de las galerías, museos, bienales, etc. de otras culturas, para entender los colores y sabores de los ríos, lagos y océanos que bañan tierras extranjeras. Es mirar “adentro”, entre los dientes puntiagudos de una Colombia que se devora a sí misma y que exhala potencial, para poder descifrar las raíces de nuestro ser, los surcos de nuestros campos sembrados de lágrimas y nuestros ojos inyectados en ingenua pero esencial esperanza. Es mirar en nuestras entrañas, en nuestra propia experiencia de vida, para ver las razones e intuiciones que conforman el collage de aconteceres que nos constituye, como artistas, como espectadores, o simplemente como seres humanos.

Esto es una tarea inabarcable e infinita para un solo individuo, por lo que se hace absolutamente necesario desdoblarse varias veces para poder contenerla, o sugiero, más humanamente, que cada uno pertreche su propia red de mónadas que construirán poco a poco conocimiento desde las degustaciones particulares que se hacen de los diferentes platos que la vida nos va pasando. Esta investigación fue básicamente eso, una red de ideas edificada junto a mis referentes, mis compañeros y tutores que intenta revisar el estado de los procesos de creación de los próximos artistas, de la próxima generación de representará el arte contemporáneo desde la multiplicidad de sus prácticas y saberes, y que desde sus especificidades e intuiciones, constituirán una perspectiva pluralista y multiforme del mundo más allá de la limitada capacidad de racionalización a la que estamos sometidos.


[i] Esta muestra no está avalada por la Universidad Nacional de Colombia, por lo que esta exhibición se convierte en un acto político de resistencia al hacerse fuera de los estándares universitarios y estamentos administrativos, reafirmando la autonomía que tiene esta comunidad para desarrollar procesos pedagógicos y sociales al ejecutar semestralmente esta experiencia para sus estudiantes fuera del marco institucional, la cual, cabe resaltar, es gestionada y producida en gran medida por los mismos estudiantes que están a punto de graduarse.

[ii] Esta asignatura es un taller en el que los estudiantes investigan y preparan lo que serán sus Trabajos de grado o los trabajos de final de carrera, que sería la última materia de toda la carrera antes de su graduación.

[iii] Me refiero a que la universidad, o el sistema universitario, es un sistema que legitima a los individuos como profesionales dentro de cada área del conocimiento, entre las que se encuentran las artes (artes plásticas y visuales, música, diseño, etc.). Este sistema dictamina según criterios estipulados por ellos y por el Estado (puesto que la Universidad Nacional es una universidad pública) quienes son “profesionales” aptos para el desempeño en una labor, lo que condiciona a que los individuos busquen legitimar su conocimiento para poder participar de la especialización profesional que viene dominando el medio laboral hoy en día.

[iv] En este caso, me refiero a la noción disciplinar y cientificista de la universidad, hablando en general como institución de educación superior y no solo refiriéndome particularmente a la Universidad Nacional. La primera noción es la concepción del conocimiento a partir de la separación (fragmentación) del conocimiento a partir de su diferenciación en campos o áreas del conocimiento específicas, y la segunda es la perspectiva epistemológica predominante con que la universidad entiende estas áreas del conocimiento, por la cual somete a todas estas a criterios basados en la ciencia como única forma de validar y evaluar cuantitativamente el conocimiento desarrollado en cada área.

[v] Reforma que se aplicó a nivel en la Universidad Nacional de Colombia durante principios de los 90.

[vi] En la investigación se tomó estos criterios como “(i)conocimiento sistemáticamente estructurado por expertos, (ii) accesible a la verificación de varios observadores y (iii) basada en criterios de verdad” Manuel Santana, Lucas Ospina y Victor Laignelet, “Arte, ciencia y universidad” en Errata #4: Pedagogía e educación artística. (Bogotá: Fundación Gilberto Alzáte Avendaño, 2011), Pg. 89

[vii] Parte inferior de un barco.

[viii] Realizada en la Fundación Gilberto Alzate Avendaño (desde el 12 de febrero hasta el 10 de marzo de este año) http://www.fgaa.gov.co/programacion/aguzate-que-te-estan-velando


David Andrés Jiménez Cabuya (Dartes Derlohen)

(Redactor invitado)

Estudiante de las carreras de Artes plásticas y visuales y Filosofía, investigador participante en la Muestra de trabajos de grado XXXIX y coordinador de mediación de dicha muestra (12 de febrero al 10 de marzo), además de miembro activo del grupo de investigación Tecnopoéticas. Durante el 2015 participo como artista en Proyecto Salón Cano 2015: ES.KA.KE Ambulante.

Durante el 2018 participó en la curaduría y coordinación de la mediación de Salón Cano: Absurdo programático (03 al 13 de Octubre), exposición realizada en el Claustro de San Agustín, y nuevamente como artista en la exposición colectiva En la óptica del monumento (22 de Septiembre al 03 de Noviembre) en la Cámara de Comercio – Sede Kennedy.a realizado trabajo de mediación de públicos en la Fundación Gilberto Alzate Avendaño de Mayo hasta Diciembre del 2018 bajo la supervisión de Ángela Guáqueta y Elena Salazar.


Este artículo se inscribe dentro de “Agúzate”, XXXIX Muestra de Trabajos de Grado de la Escuela de Artes Plásticas de la Universidad Nacional de Colombia. La exhibición fue inaugurada el 12 de febrero y estará abierta hasta el 10 de marzo en las instalaciones de la Fundación Gilberto Alzate Avendaño. Las sustentaciones de los trabajos de grado ocuparán la semana del 19 al 22 de febrero con entrada libre.

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