Curador Qwerty

Coleccionar fotografías es coleccionar el mundo. Susan Sontag.

El desarrollo de internet como espacio para el intercambio de información a nivel global ha permitido la aparición de puntos de encuentro para compartir imágenes y lecturas del mundo a nivel del individuo y del común. Los usuarios generan contenidos y los consumen con una sed agresiva, incitando la creación de mecanismos destinados a exacerbar el desenfreno.

Es entonces que es posible apreciar el surgimiento y la aparición del editor de medios, el community manager, el coleccionista de imágenes; que alimentan a la bestia con sucedáneos continuos y se transfiguran en dictadores de imágenes de naciones enteras de seguidores que finalmente terminan por rumiar lo que estos les dispongan.

La curaduría posee poder para tasar el quehacer artístico. El desarrollo del oficio está enraizado en los antiguos comisarios de arte, y es a partir de los años sesenta que la labor del artista comienza a tener en cuenta diversos aspectos de la cultura, entre ellos la divulgación y la formación de públicos más allá de la producción de obra. Sin embargo, la labor del curador no se restringe a la capitalización monetaria de las obras y artistas que selecciona. Su trabajo trasciende y se instala en ámbitos no necesariamente comerciales, siendo su principal función la de proponer un diálogo armónico entre la selección, el espacio, el tiempo y un argumento entramado que defina conceptualmente los contenidos de la exposición.

¿Podría entonces pensarse que alguno de esos grandes distribuidores de imágenes intermediáticas pueda considerarse a sí mismo un curador? Lo sea o no, la red ha permitido el establecimiento de una serie de sistemas que detallan lo que los usuarios de las aplicaciones sociales consumen. En un sentido ético, la cuestión de quién elige lo que yo veo implica también interferir en la construcción de las identidades de los individuos que hacen parte de las comunidades digitales. Por lo tanto, aquellas estructuras adquieren poderes más que económicos. Poderes tácitos que les permiten esculpir la experiencia de un público conformado por el grueso de la población mundial con acceso a internet.

La implantación de internet en la vida significó redimensionar la realidad misma y por lo tanto la cultura se ha visto influenciada por las dinámicas que comenzaron a operar. Las expresiones artísticas no son ajenas a estos cambios y se reacomodan. Asimismo, sus actores se redefinen, y es necesario establecer nuevas definiciones desde un ámbito teórico, que respondan a las nuevas situaciones que se instalan.

Estamos lejos de prever las consecuencias que traerá el uso de la red de información mundial en el campo de las artes. Hasta el momento hemos sido testigos del quicio, expectantes ante lo que se nos asoma desde la oscuridad. Los oficios sin duda serán transformados al tiempo que aparecerán nuevos dispositivos que dirijan nuestra mirada aterrada hacia lo que nos es dejado al frente.

Este resquebrajamiento de las estructuras se manifiesta en forma de un uróboros en donde las expresiones artísticas presentan su ingenio siendo eyectadas de las instituciones. Los colectivos, talleres, fundaciones, y en general, todo el articulado creativo, comprendió que la galería y el museo no son las únicas vías para garantizar la financiación de la labor creativa. De igual forma, quedó claro que el artista puede estar seguro si es que tiene en cuenta todas las dimensiones de la cultura más allá de la misma creación tradicional. El artista puede ahondar en las cuestiones de investigación, producción, formación de públicos, difusión y divulgación. De esta forma descubre que del arte sí se puede vivir, y comienzan a tejerse estructuras y redes de apoyo en todo a las cuales se pueden fundamentar las prácticas artísticas contemporáneas. El artista del romanticismo, bohemio y abandonado en su taller, dependiente de las limosnas que recibía de su comisario, ahora es sólo una pesadilla que reside en las esferas sociales más miopes. El arte ha declarado su independencia y madurez, haciendo a sus partículas humanas interdependientes entre sí.

Entonces, ¿cómo definir las acciones del curador en un contexto conectado a las redes? En definitiva, se ha establecido un nuevo campo de acción cuya principal fortaleza y debilidad es la capacidad de interacción y participación de sus componentes.

Mas seríamos obtusos al dejar de lado las nuevas realidades que se nos presentan en la era de la interconectividad digital. Los espacios se distorsionan y la realidad es duplicada. El mundo físico ya no es suficiente para experimentar la vida contemporánea. La materialidad no niega a la virtualidad, se complementan perfectamente llegando a alterar las identidades de quienes las atraviesan constantemente.

Podría aseverarse que el internet ha democratizado el acceso del arte, y, sin embargo, esta es una ilusión porque el aquí y el ahora de la materia se desfiguran. Pero al mismo tiempo aparecen expresiones artísticas netamente virtuales, que son realmente imposibles de experimentar en la esfera material.

El internet es una metaestructura. En su anárquico génesis era una inocente red donde todos sus componentes estaban interrelacionados y no existía acaparamiento alguno de nodos. A medida que el arácnido creció y se volvió más ominoso, el comportamiento de los elementos se hizo evidentemente multipolar. En este momento emporios concentran cientos de millones de usuarios embelesados con sus contenidos.

Algunos usuarios se convirtieron en profesionales de las redes sociales. Adquirieron fama, gloria y plata hipnotizando incautos a través de la imagen. Tal como en los remotos tiempos de mil novecientos noventa los editores de medios de comunicación enseñaban al público las tendencias, y los curadores qué era y qué no era arte; en los tiempos contemporáneos la imagen es ese talismán sagrado con el cual es posible forjar en simultáneo la identidad de millares. Es un poder tan grande que la pregunta sobre quién lo ejerce se vuelve perentoria. ¿Quién elige lo que veo?

Apartándonos un poco de esta mirada catastrofista, los usuarios pueden de hecho elegir ellos mismos lo que ven. La oferta de contenidos es cada vez más diversa y acorde con los intereses de cada una de las identidades que adoptamos. No estamos sujetos a la técnica de Ludovico, condicionados y sumisos.

Aquellos cuyos intereses se alineen con las prácticas artísticas encontrarán un remanso. Tienen la posibilidad de consumirlo, criticarlo, devorarlo, producirlo y difundirlo. Aunque en términos estrictos, no es necesariamente fácil llegar al grueso poblacional que uno desearía para su propia obra. Es aquí que de nuevo aparece en esta discusión la figura del editor de contenidos. Capaz de utilizar estrategias de difusión hijas de la publicidad para alcanzar un número de usuarios considerable.

Aun así, este caso probablemente demuestre que las dinámicas del arte en internet no son en absoluto banales. Es posible encontrar intervenciones de este tipo que se deslizan entre la seriedad y lo amateur, carácter propiciado por la flexibilidad del medio.

Está así demostrado que existe terreno fértil para la reflexión en torno al curador. Y así este no realice sus muestras en internet, las comunidades digitales ya han comenzado a transformar toda noción acerca de los actores del arte que hace un cuarto de siglo teníamos.

Deposito pues la discusión de este escrito, entre puntos suspensivos.

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