Por qué la música es triste

Pequeñísima revisión a algunos de los sonidos más tristes jamás compuestos.

No existe expresión artística que cale tan profundamente en los sentimientos de quien la contempla y de forma tan instantánea como la música. Es una afirmación arriesgada pero me tomo el atrevimiento de hacerla no sólo porque con la música se sufra y se goce sino porque la música comparte cualidades con la comunicación oral. Esto quiere decir que es una forma más de transmisión de ideas abstractas como los sentimientos por medio del canal principal que usamos los humanos para estos menesteres, el sonido.

Dentro de la tradición occidental se ha venido afirmando que la obra más triste jamás compuesta es el Adagio para cuerdas de Samuel Barber, arreglo para orquesta de cuerdas del segundo movimiento del Cuarteto para cuerdas número 1 opus 11. Se ha convertido en un cliché más tal como La Mañana de Peer Gynt de Edvard Grieg al despertar de un personaje, o la Bella Durmiente de Piotr Tchaikovsky al momento de un encuentro romántico y épico. El Adagio referido aparece en todo tipo de escenas conmovedoras, homenajes a víctimas de desastres y ceremonias luctuosas; roza el patetismo pero dadas sus características no existe músico que la interpretase que no haya llorado con ella, y lo digo por experiencia.

Ya he dicho que la música y el habla están relacionadas. La música es triste cuando se asemeja al llanto, a la respiración entrecortada, al suspiro y a la desesperación. El aciago Adagio incluye características de duración y ritmo, timbre, frecuencias y tensiones que inevitablemente provocan reacciones en las neuronas espejo, controladoras de la empatía.

El adagio es uno de tantos tipos de movimiento musical de tempo extremadamente lento que data el barroco, cargado de solemnidad y dignidad flemática. El de Barber traslapa la duración de las notas dando la sensación de sonido perpetuo pero respirable. De igual forma, los instrumentos de cuerda frotada poseen un timbre similar al de la voz humana. De hecho existe un arreglo coral del Adagio de Barber titulado Agnus Dei, o Cordero de Dios. Dinámicas suaves, poco contrastantes pero ricas y bien concatenadas como si de una oración se tratase con pesar profundo.

La música no puede definirse sin el silencio. En el Adagio de Barber, el sonido se extingue después de cada frase, casi que la respiración del espectador se sincroniza con la partitura. Barber nos conduce lentamente por todos los estados de tristeza apoyado en olas ascendentes y descendentes. El sonido crea tensiones sucesivas que finalmente estallan en un registro elevado seguido de un silencio absoluto. El resultado es sublime.

Finalmente hay una réplica sutil y repeticiones de la frase que nos acompañó en este melancólico viaje cada vez más suaves, como cuando las lágrimas dejan de acumularse en los párpados para darle paso al cansancio.

De forma similar actúan otras obras indudablemente tristes como el Adagio en sol menor de Remo Giazotto atribuido a Tomasso Albinoni, o el Lacrimosa de los Requiem de Mozart o de Verdi o el Stabat Mater de Pergolesi o de Dvorak. Ejemplos de música triste existen centenares.

Para concluir, advierto que la música posee un aura que se va desgastando en tanto que se repite, por lo que debe disfrutarse moderadamente para que no pierda el poder de conmovernos, para que no sea un cliché y para que continúe sorprendiéndonos con una lágrima en el rabillo del ojo.

Adagio de Barber en Youtube

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