Sindy Elefante en entrevista.

Después del éxito que ha tenido su libro Elefantes en el cuarto, hablamos con esta ilustradora e historietista bogotana sobre su vida y obra.

Sindy Elefante es la autora de Elefantes en el cuarto, una novela gráfica en el que nos ofrece a los lectores sus experiencias de vida, cuáles fueron sus orígenes y su proceso de búsqueda de identidad, matizados con mucho humor y cargados con anécdotas increíbles. Hoy en entrevista, nos metemos tras bamalinas de este fantástico proyecto y conversamos con Sindy Infante Saavedra sobre cómo fue naciendo esta declaración irreverente hecha libro.

¿Cómo terminaste estudiando artes?

Cuando yo salí del colegio a mí me gustaba dibujar. Mi papá hizo 3 semestres de diseño gráfico y en la casa estaba el portafolio que él tenía y también dos ilustraciones enmarcadas y me gustaba mucho verlos. Pero mi papá no terminó y después estudió contaduría entonces eso lo dejó ahí. Pero era un referente que yo tenía, y me gustaba dibujar, pero en mi cabeza nunca estuvo la posibilidad de que uno estudiara artes o algo relacionado con la imagen.

Entonces cuando me tocó decidir qué tenía que estudiar, yo miraba a mis amigas mayores del colegio y la mayoría estudió ingeniería. Entonces yo, un poco influenciada ellas, por mi hermano, por mis papás que trabajaron en bancos y por la presión familiar de estudiar algo que diera plata, estudié ingeniería industrial.

No me gustaba. Yo iba a la Universidad Javeriana a hacer deporte, no a estudiar ingeniería. Terminé en un punto en el que una amiga me dijo que por qué no me presentaba a una beca para jugar fútbol. Empecé a dedicarle mucho tiempo a entrenar. También una amiga del equipo me decía, “A usted no le gusta ingeniería, busque otras cosas, algo que de verdad le apasione”.

Eso está en el libro. Comencé una etapa en la que miré lo que me gusta y por qué y dije, “Va a ser artes, voy a hacer el cambio sea aquí, o si mi voy becada para Estados Unidos a jugar fútbol”.

Me presenté a artes en la Javeriana y no pasé. Yo no tenía ni idea de qué era un portafolio, ni sabía cómo hacerlo. Los dibujos que yo tenía eran malos y yo los tenía guardados pero estaban en hojas dobladas e incluí unas fotografías. Entonces hice un preuniversitario en artes, donde Diana Castellanos fue mi profesora. Tener a Diana me estalló la cabeza, le tenía un poco de miedo al inicio, pero fue muy bonito después.

La estancia en la Universidad

No lo había pensado hasta hoy y ese fue un momento clave.

Ahí empecé. Hice un semestre y me salió una beca para jugar fútbol y todo el mundo me apoyaba y me decía que me fuera. Era una beca en Auburn, Alabama, y buscando consejo, un amigo me dijo que para qué me iba, allá a un pueblito en el sur de Estados Unidos mientras estaba acá estudiando en una buena universidad, que me aguantara y más bien después si quería que me fuera a hacer una maestría. Y fue la única persona que me dijo de frente que no me fuera.

Finalmente no me fui, ese semestre lo aplacé, y luego empecé más de lleno en artes. Era un video, porque estaba el amigo prodigio que uno tiene, Felipe Camargo que después sería uno de los dibujantes de Gabo: memorias de una vida mágica (Rey Naranjo, 2013) y de Rulfo: una vida gráfica (Rey Naranjo, 2015). Uno llegaba con unos matachos y este tipo llegaba con unas cosas increíbles. ¡Él hizo su tesis al temple de huevo! Él es muy duro.

Tenía compañeros muy buenos, pero yo no encontraba nada en qué destacarme y mi pelea con el dibujo siempre fue seria desde el inicio. Sólo cuando vi Dibujo III cuando tenía una entrega, yo que siempre llego tarde y siempre dejo las cosas para el final, hice un dibujo de afán y fue un éxito. El profesor me dijo que estaba muy bueno y me preguntó que cómo lo había hecho.

No lo había pensado hasta hoy y ese fue un momento clave, darme cuenta de lo que hice, y devolverme y preguntarme por cómo lo había hecho. Fue una lástima, después perdí la carpeta con el dibujo. Pero ahí fue uno de los momentos en los que yo empecé a darme cuenta.

Cuando entré a ver ilustración con Diana Castellanos, yo la perdí la primera vez. Fue un proceso de pelea, pero no con Diana sino conmigo misma. Yo no entendía que las posibilidades dentro del dibujo son infinitas. Fue clave en ese momento empezar a ver muchos referentes y Diana me mostró a Tony Ross, Quentin Blake, y empecé a ver Basquiat. Hay un movimiento de Art Brut con Jean Dubuffet y yo decía, ¡Esto es!

Claro, sí hay unos conceptos de tonos, de perspectiva, de composición, que uno tiene que saber de alguna forma, pero una vez que interiorizas todos los referentes y conceptos en tu cabeza todo encaja. Ahí fue donde yo comencé a interesarme cada vez más por los libros ilustrados.

Hay una frase de Quentin Blake que dice que de alguna forma el instinto y las decisiones que tomas te van llevando por el camino sin que tú te des cuenta. Cuando yo la leí me di cuenta de que todas las decisiones que yo he venido tomando no se han dirigido a un punto de llegada pero sí van todas alineadas en la misma onda.

El proyecto de grado

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Ya después fue hacer la tesis. Lo único que yo tenía en mente era que yo quería hacer algo gráfico y que Diana fuera mi asesora. Teníamos una relación de amores y odios, pero ahora tenemos una relación muy buena, me gusta hablar mucho con ella todavía y tomarnos un café de vez en cuando mientras hablamos del estado del arte.

Diana me puyaba un montón, me presionaba a escribir, y de alguna manera las dos estábamos buscando qué forma darle a ese proyecto. Lo que más me costó fue escribir el texto, pero Diana me dejó hacerlo más informal.

Ya después Diana me presentó a Lore Espeleta que también fue muy importante para mí porque me mostró referentes como Power Paola, Alison Bechdel entre otros. Fue muy chévere descubrirlos y meterme de lleno en el cómic.

Hubo un referente que me dio Felipe Machado que se llama Las crónicas de Venecia de Enrico Casarosa (AdHouse Books, 2008) que es la historia de cómo el hombre le pide matrimonio a la esposa y todo lo cuenta es sus libretas. Finalmente el libro es una compilación de sus libretas de bocetos en aguadas, y hay desde la vista de Venecia hasta el detalle de unas teteras.

Este libro es un desorden pero al mismo tiempo no. Está escrito a mano y todavía es uno de mis libros favoritos. Después fue increíble descubrir que el autor fue el que hizo el desarrollo de personajes de Up de Pixarr y para mí todo tenía sentido. Después Casarosa hizo el corto La Luna, y a mí me encantan los cortos de Pixar. Yo veía a Enrico Casarosa y yo quería ser como él, hacer libros, hacer animación, diseño de personajes, etcétera.

Con esos referentes en mente comencé mi proyecto de grado. El proceso de escritura fue largo porque al inicio yo quería contar la historia de mi mamá, que fue una historia de surgir, de la migración del campo a la ciudad. Esa historia está en el libro. Pero escribiendo me di cuenta de que yo tenía muchos reproches y que tenía muchas cosas por decir. Y todo terminó condensado en mi historia personal, mis años en el colegio, mi familia, mis novias y novios y el proceso de descubrir quién realmente era yo. Así surgió El trasteo, mi proyecto de grado que después sería Elefantes en el cuarto.

 

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El trasteo, 2013.

Después de ese proceso de la tesis tan temido por todo universitario, ¿cómo fue transitar por el mundo profesional ya teniendo el cartón?

Yo salí con el libro, con la pretensión de buscar quién me lo publicara. A mí John Naranjo me dio la clase de Procesos editoriales, y algo que yo le valoro mucho a es que él nos mostró las editoriales independientes como La Silueta y Babel. En esa clase, aunque yo siempre entrego tarde, yo si tenía todo listo un mes antes de la enterga.

Con El trasteo yo quedé con un sinsabor porque en la sustentación una de las jurados me dijo que la viñeta en la que salía del closet con el lector era muy pequeña y que había que hacerlo más de frente y yo le trabajé mucho al proyecto y estaba muy feliz con el resultado.

Pero bueno, terminé muy feliz, con tres machotes de El trasteo y con el machote de otra historia que quise hacer en un libro. Me autopubliqué y me salió increíblemente caro, además que es un librito pequeño. Yo me gradué en el 2013, y tuve que pedir prórroga, yo tenía que sustentar en noviembre y terminé sustentando en enero.

Yo trabajé en la revista de la Javeriana Cuadernos de música, artes visuales y artes escénicas. Eso me mantuvo ligada a la universidad mucho tiempo, un proceso de aprendizaje de producción editorial muy interesante a pesar de que son publicaciones académicas.

Conocía un poco del mundo editorial por esa experiencia, y mientras tanto yo buscaba trabajo. Trabajé como profesora en un jardín en Chía, y después, salió un trabajo en la Feria del Libro de Bogotá con mi grupo de amigas de la universidad que trabajaban con La Silueta en la caja. Ese año, el 2013, estaban buscando alguien que ayudara con la caja de Luna Libros. Ese stand de los independientes siempre están, grande Silueta a un lado, grande Laguna al otro, en esa feria estaba El Peregrino, y en una misma mesa estaban Luna, Jardín Publicaciones y otras dos que ahora se me escapan.

Necesitaban una persona para la caja de esas editoriales, y para mí fue entrar en el mundo de los libros y me permitió conocer a todos los editores, fue increíble. Ya conocía a John de Rey Naranjo, también a María Osorio de Babel Libros porque Diana me la había presentado, y más o menos conocía a otros. Pero trabajar ahí fue muy bueno porque comencé a conocer a los autores. Me acuerdo que Kevin Simón Mancera estaba lanzando un libro editado por Jardín que se llama La felicidad (Jardín Publicaciones, 2012); y yo desde la caja lo miraba firmar libros.

En ese momento yo tenía todos mis machotes y los mostraba por todos lados. Diana Castellanos me contactó con Álvaro Robledo de El Peregrino para ayudarme a presentarme a la beca de Novela gráfica o Álbum ilustrado del Ministerio de Cultura. Esa se la ganó un libro de Laguna que se llama Costuras (Laguna Libros, 2013) y yo quedé suplente con El Peregrino. Menos mal porque en este momento pienso que El Peregrino tiene una línea editorial muy marcada donde la novela gráfica no termina de encajar.

Yo trabajé en la feria y mostraba mis libros, me decían que muy lindos, me los devolvían y que siguiera trabajando. Andrea Triana de Jardín me decía que me autopublicara, que así empezó ella con Jardín, que yo podía ser la dueña de todo a pesar de que tenía que trabajar mucho, que tenía buen material para comenzar, etcétera.

Despegar

Ahí conocí a los editores de Laguna, que en ese momento eran Felipe González y Laura Victoria Navas. Le mostré el proyecto a Laura y me dijo que lo habían mirado con Felipe y que les había gustado. El último día de la feria, un lunes a las 10 de la noche en la salida, me dijeron que podíamos hablar, y yo salí saltando en un solo pie de la felicidad.

En ese momento, como el trabajo no era estable, yo le decía a Diana que me quería ir a hacer una maestría y ella me hizo algunas recomendaciones. Una vez un amigo me compartió una maestría en ilustración para niños, y yo estaba en ese proceso y también lo hice como muy al final, mandé los papeles, y eso fue más o menos al tiempo que la feria del libro.

Cuando me dijeron eso, comenzamos a trabajar en el libro. El trasteo es un libro ilustrado autobiográfico, y cuando yo decía eso la gente se emocionaba mucho. Pero hice un final idealizado en el que me voy a vivir con mi novia, y somos felices y comimos perdices. Entonces la gente terminaba de leer y me preguntaba cuánto tiempo llevaba viviendo con mi novia, pero yo vivía con mi mamá. Y me preguntaban que cómo así, pero era el final que yo quería, entonces me preguntaban que cuánto llevaba con mi novia, pero yo ya había terminado con ella, entonces la gente comenzaba a sacarme información.

El proceso siguiente fue sentarme con la editora a hablar de todas las situaciones del libro. Eran sesiones muy productivas y nos volvimos muy amigas, todavía lo somos. La labor de ella fue, como un vampiro, sacarme historias para ponerlas, y darles más sentido, un trabajo de edición con Felipe González y después llegó Pablo Guerra.

Escribir, dibujar, publicar

Teníamos unas reuniones muy provechosas, pensando en qué le faltaba, y empezamos a hacer bloques. Un primer bloque de la familia, un bloque de la vida en el colegio, luego el paso a la universidad. Le dimos una estructura más pensada, porque cuando yo escribí El trasteo no la tenía. Hubo un proceso de pensar qué historias entran, cómo se presentan, cómo se cierran, por ejemplo se mantuvo lo de los recuerdos de mi mamá.

Eso fue un proceso muy largo y ya cuando teníamos definido todo, Laura me sacó un par de historias, como lo del cassette de Alberto Plaza, o lo del novio tropipopero que me insistió que lo pusiéramos porque nos reíamos mucho cuando yo se lo contaba. Y en ese momento neurálgico, pasé a la maestría de Ilustración de Libros para Niños en Cambridge School of Arts y yo me fui en septiembre del 2014.

Estando allá, igual nos reuníamos. La idea era que yo dibujara todo allá, entré en crisis y la maestría fue algo que me cambó la vida profesional y personalmente. Comencé a creer más en lo que hacía e inicié nuevos procesos de creación. Todo el mundo quiere hacer libroálbum como Oliver Jeffers, pero nos decían que existen mil posibilidades, como libros de no ficción, alfabetos, libros gordos de cartón, y eso me estalló la cabeza.

Yo allá hice todos los dibujos. Toda la relación con los editores fue por internet, y los últimos cuatro meses fueron de meterle el acelerador y me trasnochaba en el ciclo de dibujar, mandar, correcciones, dibujar mandar correcciones, reuniones por Skype.

Laura dejó Laguna y hubo un empalme con otra editora que se llama Salomé Cohen a mitad del proceso. Yo pensaba devolverme en junio, pero la Feria del libro era en abril, y Laguna quería lanzar el libro en esa feria y tuve que adelantar mi viaje. Llegué directamente a lanzar el libro, a conocer gente a mostrarlo por todos lados.

En Casa Tomada yo hice mi muestra de El trasteo y también hicimos el lanzamiento de Elefantes en el cuarto en ese lugar. Ahí empezó todo.

Una de las cosas que yo más pensaba era que yo no era nadie. Giuseppe Caputo era director cultural de la Feria del Libro y nos conocimos por correo, me decía que me iba a poner charlas y conferencias y yo pensaba que de qué iba a hablar si yo no era nadie y él me decía que de mi historia, de mi vida.

Eso hace que la historia se sienta más cercana.

Yo tenía todas estas cosas en mi cabeza y siempre me ha preocupado qué hace que esta historia sea especial, porque no quiero aburrir a la gente. Finalmente las cosas terminaron saliendo y yo terminaba contando la historia que siempre resulta algo chistosa, las anécdotas hacen que la historia conserve la atención.

Yo creo que hay buscar situaciones y objetos que te asocien al lector, es decir, si yo odio a Alberto Plaza y lo pongo en un dibujo y todos se sienten identificados con eso, es lo que termina por enganchar a quien lee mis historias. Lo que me pasa a mí le pasa a todo el mundo. Eso hace que la historia se sienta más cercana.

Yo llegué hace un año y medio. El libro tuvo un buen recibimiento, luego todo se calmó y por esta temporada volvió a sonar, es muy raro. Tenemos debates porque este libro no lo enmarcamos dentro de un público infantil ni juvenil en lo absoluto, y lo repito mucho porque es algo que se debe repetir, el cómic por el hecho de que tenga dibujitos no quiere decir que sea un libro para niños, y alguien lee este libro y lo ve por encima, dirá que esto es para niños y realmente no, es un contenedor de historias que tienen unas estructuras que seguramente los niños no van a entender y hay temas que papás, como hablar de lesbianismo o de religión, pueden encontrar conflictivos.

Todo ha sido extraño porque mi maestría es Ilustración de libros para niños, me he movido un montón en el cómic, tengo muchos proyectos que son más libros ilustrados “para niños”, pero lo que me interesa es desarrollar diferentes temas que tengo.

Primero está la apuesta por publicar a alguien que nadie conoce, y después de todo, eso te pone en otro plano y te comienzan a invitar y ya te comienza a mover y puedes comenzar a hacer más cosas. Todo esto fue gracias al libro.

 

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Todavía me río con mis amigas de eso, fue pasar de estar en la caja de la Feria del libro a estar publicando y haciendo charlas.

¿Cómo ves la movida de la gráfica en Bogotá?

Se está moviendo un montón. Cuando yo estaba en la universidad comenzaron a salir muchos colectivos y muchos espacios y mis amigas siempre han estado de alguna forma vinculadas a ese movimiento. Una amiga por ejemplo era novia de Carlos, alias Gokú, el dueño de Rat Trap, que es un espacio que ha crecido muchísimo, y él ha dedicado mucho tiempo y mucho trabajo y se nota. También está Taller Trez, que son espacios que se han venido creando por estudiantes, pero que ahí van, yo siento que son proyectos que sean como una lotería que de un momento a otro van a estallar, sino que se van construyendo y van poniendo su voz en las discusiones.

Cada vez hay más iniciativas, editoriales pequeñas, por ejemplo Cardumen Libros de Alejandra Algorta que estudió en la Javeriana, o está La Jaula Publicaciones que es de dos amigos que estudiaron conmigo que no hicieron énfasis gráfico sino audiovisual y terminaron con La Jaula y que han apoyado a muchos proyectos musicales. Casatinta, que José Rosero ha trabajado con eso muchísimo y le ha metido todo no sólo en producción, sino dentro del campo de la ilustración, en el fig. y ha sido muy importante. Esos espacios ya son referentes.

Esto ha sido chévere, ver iniciativas propias no necesariamente dentro de una academia o dentro de una sala de exposiciones que da cierto estatus.

Yo creo que ahí hay un problema y es que no deben convertirse en el club de amigos, sino ir más allá y proyectando estas iniciativas para mover a más gente, hacerlos espacios donde todos quepan. Lo otro es comenzar a construir redes, circuitos y apoyos entre amigos. Por ejemplo Natalia Rojas y David Cleves, son amigos, y son competencia, pero competencia sana, y es importante que haya variedad y que surjan nuevas ideas.

¿Qué consejo podrías darle a los nuevos ilustradores y artistas?

Yo creo que hay que dejarse influenciar de todo un poquito. Es decir, consumir muchos libros, pero no quedarse ahí, sino que hay que vivir la vida en ilustración. Uno come de todo, tú comes de películas, tú comes de otros amigos, de exposiciones, y todo eso va convergiendo, todo eso se mezcla en tu cabeza y después tú vomitas tu obra de arte. Vivir la vida, y dejar que las cosas fluyan, no encerrarse.

Yo creo que uno de ilustrador y de historietista tiene una vida muy solitaria, pero también hay que salir.

También creo en las historias locales, desarrollar algo propio, aunque no estoy incitando la autobiografía, pero de ahí salen ideas como el caso de Lorena Álvarez y su libro Luces nocturnas (Astiberri, 2017), que no es ella, pero sí tiene muchos referentes de su vida y tiene unas posiciones que ahí se reflejan, pero que no es necesariamente autobiográfico.

A mí me gusta mucho Maurice Sendak y de él hicieron una recopilación de escritos que se llama Caldecott & Co. (1988) y en una parte él decía sobre Jean de Brunhoff, creador de Babar el elefante, que lo que hacía que sus historias fueran tan especiales era su cercanía a las experiencias de la vida misma y cómo él se reflejaba en ellas.

También escuchar a los que tienen toda la trayectoria. Y a los que están empezando, yo creo que hay un ejercicio muy bueno y es buscar referentes que gusten mucho y ver cómo trabajaban las imágenes, no tanto para copiarse, sino para ver cómo las resolvieron. Si a mí me gusta mucho Picasso, entonces analizar cómo hizo, qué paleta de color tiene, cómo es la composición. Creo que son ejercicios que de una forma u otra van a dar muy buenas herramientas.

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