Mitologías de la atención

La cultura es un lugar en el que se conjugan miles de relatos mitológicos a través de los cuales actuamos los humanos a nivel social. El establecimiento del sistema capitalista, la liberación aparente del tiempo ocioso de las clases trabajadoras, el devenir del siglo XX con su enfrentamiento binario entre el gran sueño americano y la utopía comunista, el tránsito hacia la sociedad del rendimiento y del espectáculo y más recientemente, la irrupción de Internet, han sido movimientos gigantescos que han implicado la fundación de nuevas mitologías en un lapso menor a una vida.

A pesar de los cambios, seguimos obedeciendo a las lógicas que biológicamente nuestro cuerpo nos determina, y, asimismo, sobrevolamos el tiempo alternando entre los cuadrantes de una matriz determinada por acciones de exteriorización e interiorización y por unos niveles de consciencia y automatización e instrumentalización.

Este gráfico no pretende mostrar una versión determinista de la vida, tampoco binaria ni mucho menos absoluta. Es posible transitarlo y por sus características, una acción emprendida puede cambiar de posición de un momento para otro. Sus relaciones son aparentemente antagónicas, pero no es posible descartar la contradicción. Vivimos en él, y nuestro libre albedrío sólo nos permite reconocer nuestro lugar entre sus cuatro puntos cardinales.

En el contexto actual, luego de la instalación de todas las mitologías mencionadas en primera instancia, se hace necesario establecer un proceso de revisión al sistema del que hacemos parte. Recientemente, pensando en el tiempo que paso consumiendo información a través de mis dispositivos, me he encontrado con una dupla de palabras queme caló los huesos.

La economía de la atención no es un concepto surgido de la era de Internet. Aunque sea un término que puede encontrarse tanto en Ted Talks como en cursos rápidos de redes sociales, ya desde la primera infancia de la computación y del estudio teórico de la comunicación comenzó a rondar por las mentes de algunos pensadores.

Herbert A. Simon fue un notable estudioso en varios campos de las científicos. Sus trabajos en economía, administración, psicología, sociología, política, informática e inteligencia artificial no sólo le dotaron de un enfoque transdisciplinar, sino que también le valieron premios como el Turing de 1975 y el Premio del Banco de Suecia en Ciencias Económicas en memoria de Alfred Nobel de 1978 conocido popularmente como el Nobel de economía. En Designing Organizations for An Information-Rich World, un paper publicado en 1971 no tan conocido, pero igualmente impactante dentro de las teorías contemporáneas de la comunicación, el autor problematiza el desbalance y el exceso de información. El ejemplo que cita expone a un par de conejos que se reproducen indefinidamente, provocando un mundo rico en conejos en función de un mundo pobre en lechuga. Esta misma relación puede darse en términos de la dupla información atención.

A mayor cantidad de información, menor disponibilidad de atención, lo que nos plantea un escenario donde la atención misma es un commodity, un recurso finito susceptible de ser valorado y cambiado a nivel monetario. Es aquí donde se funda la Economía de la atención. Dentro de un sistema de libre intercambio de información, quien saque mayor provecho es quien obtenga mayor atención. La recompensa es doble si a parte de la atención se logra capitalizar la información del otro actor a través de la minería de datos para afilar los instrumentos para explotar a ese otro.

La publicidad luego de descubrir que no debe apelar a la razón sino a la emoción alrededor de los años 60, se enfocó en desarrollar sistemas de seducción que atraparan a los posibles consumidores. Tanto la publicidad como los mismos productos de consumo masivo fueron cada vez más didácticos y juguetones, como apelando a un estado infantil de la consciencia del consumidor. Uno de los hitos de este comportamiento fue la espectacular campaña de lanzamiento de los primeros iPod. En una declaración política, el usuario obedecía a la propaganda con tal de pertenecer al masivo club de propietarios de lo cool y se adscribían a la dictadura de las corporaciones del nuevo milenio.

La forma en la que los sistemas de información están diseñados, desde la apariencia amable y supuestamente segura de la interfaz hasta las redes neuronales que controlan toda la información publicada, está orientada para que el proceso de toma de decisión del usuario sea el menos desgastante posible mientras sea retenido dentro de la aplicación. El scroll infinito, el autoplay, las sugerencias interminables, son decisiones que resultan mucho más sencillas de tomar que el hecho mismo de cerrar la aplicación.

Del mismo modo, todo el ecosistema de la interfaz y la supuesta ética del diseño de estos aparatos se centra en el bienestar superficial del usuario apelando por supuesto, a la emoción. Tal como la publicidad lo descubrió hace más de medio siglo, los componentes racionales son ocultados y en su lugar se expone el instinto básico de satisfacción. Dar like es mucho más barato y gratificante que admitir que estamos proporcionando un pedazo de nuestra información que va a lograr caracterizarnos un poco más dentro de las métricas que analizarán los algoritmos para poder suministrarnos más Soma al tiempo que ese like nos ha conducido a un bucle de acciones aparentemente dentro de nuestro libre albedrío, pero siendo un lazarillo que nos lleva a dar otro like. Así es que vemos un meme en el feed de Facebook, y nos llama tanto la atención que de repente hemos llegado a una publicación de 2014 sin que hayamos notado que han retenido nuestra atención durante horas. La razón ha sido secuestrada, y la emoción tiene un grave caso de síndrome de Estocolmo.

A su vez, para las corporaciones somos una fuente inagotable de datos. La información no necesariamente es conocimiento, pero a partir del desarrollo de algoritmos, redes neuronales e inteligencia artificial, el análisis de los datos que continuamente le entregamos a las corporaciones les permite conocer nuestras conductas mejor que nadie jamás. Así, hemos sido caracterizados casi al punto de la predicción, y sobre esta base se nos asigna un valor comercial que es puesto en subasta cuando las corporaciones deciden segmentarnos para atender a la publicidad.

Nos encontramos ante una maquinaria voraz que no va a desaprovechar bit alguno para alimentarse a sí misma, como si hubiese adquirido vida propia. En clave tragicómica, desprendiéndome toda responsabilidad médica, pareciera que la sociedad de las redes ya no padece más de Déficit de atención por hiperactividad, sino de déficit de actividad por hiperatención.

El acaparamiento de nuestro recurso limitado de atención nos pone en aprietos al momento en el que tenemos la supuesta libertad de decidir qué hacer con veinticuatro horas diarias. El proceso de toma de decisiones es mentalmente desgastante, especialmente si la decisión pasa por tomar consciencia del momento presente.

Es por lo tanto indispensable reconocer el riesgo al que estamos sometidos. El peligro está encriptado, y se desvela en la manipulación a la que nos vemos sometidos para expandir al máximo nuestro tiempo de consumo. El diseño de la mercancía está específicamente planteado para convertir a cada segundo de nuestra existencia en un fragmento del espectáculo global.

Retornando al gráfico del inicio, vale la pena considerar eternizar la pregunta sobre el instante vivido a modo de antídoto contra la restricción de nuestra libertad. Sólo actuando consecuentemente es posible liberarse de las cadenas interminables de videos virales, de titulares de noticias vacíos y de opiniones populares tendenciosas. La contemplación permanente es una constante en cosmovisiones no occidentales tal como se estructura el eje del budismo zen.

Es en la cultura que transcurre la vida misma más que en cualquier otro plano de la existencia. No vivimos en función de un cuerpo físico, sino de un sistema de relaciones cognitivas y sociales que lo contienen. Estas mismas interconexiones son capaces de modelar nuestra imagen, nuestros hábitos, nuestro estilo y al mismo tiempo, de dejarse influir por macrofactores que escapan del control de unas pocas personas y obedecen más a grandes sistemas que inocentemente o no, sacan provecho de cada órgano del tejido social.

Estamos atravesados por una red virtual que ha comenzado a transfigurar nuestra propia identidad después de haber dispuesto de nuestro tiempo a su antojo. Si existe un mito contemporáneo que relacione la culpa por el rendimiento y la manipulación sensual es el de la procrastinación. Es tan difícil escapar de aquel vórtice a menos que reconozcamos que todo ese peso es una imposición cultural y económica que nos ata las manos a la espalda, nubla la visión y enturbia el bienestar. A partir de la toma de consciencia es que comienza la vida.

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