Multiculturalidad y privilegio

Por Alejandro Arango

El proceso histórico que ha construido la gran mayoría de las sociedades contemporáneas se ha marcado indiscutiblemente por encuentros entre varias culturas. Estos encuentros generaron relaciones interculturales que se manifiestan en mestizajes y sincretismos, pero también de rechazos y aislamientos, de violencias y discriminaciones hacia la diferencia. Pertenecemos a una sociedad posmoderna interconectada por medios analógicos y virtuales que permiten un constante intercambio de saberes y haceres de todas las partes del globo. Restaurantes italianos, celulares chinos, producciones estadounidenses, telenovelas latinoamericanas… en todo el mundo se puede encontrar un pedacito de casi cualquier cultura, y esto es resultado de la globalización que enriquece y expande las potencias culturales de diferentes pueblos.

Siendo la multiculturalidad y la transculturalidad elementos indiscutibles de la sociedad contemporánea, parece necesario –y casi obvio- que exista un respeto entre las diferentes culturas para que estas puedan convivir en paz. Sin embargo, aunque hayan pasado ya siglos del encuentro entre culturas diferentes, aún vemos claramente casos de discriminaciones cultural sistemáticos que oprimen a ciertos grupos, imponiendo un dominio de los unos frente a los otros. Un caso que es común a varias sociedades y naciones es el del encuentro de las comunidades negras y las comunidades blancas, siendo las segundas las que casi siempre tienen privilegios sobre las primeras. Estas problemáticas generadas por comportamientos racistas se intensifican cuando quienes las practican y legitiman, no solamente las personas, sino también los gobiernos de turno, permitiendo tratos abiertamente discriminatorios contra ciertos sectores de la sociedad claramente definidos, que vienen gestándose desde hace décadas con impunidad. Resulta entonces curioso preguntarse por la presencia de varias culturas en una misma sociedad, y por qué algunas ejercen violencias sobre otras que parecen estar resignadas a recibirlas.

En las siguientes líneas trabajaré sobre el encuentro de las culturas afrodescendientes y las culturas blancas desde las posturas de E. Glissant y de H. Bahbah, pasando por la noción de privilegio cultural en la sociedad contemporánea. Las obras de Liliana Angulo y Manuel Arenas serán el vehículo que pone en evidencia el carácter polivalente del privilegio racial y la comodidad de la clase dominante.

El mundo del arte vio y explotó la potencia multicultural afro desde hace ya muchas décadas. La cultura occidental ha incrustado en sus prácticas artísticas elementos de otras culturas, como es claro con el clásico ejemplo de las máscaras africanas que tanto marcaron la obra de Picasso, o de las influencias que las representaciones antropomorfas africanas tuvieron en la obra de Basquiat. Cuando los cánones de lo bello empezaron a deshacerse en la cultura occidental con la llegada de las vanguardias artísticas, se abrió la puerta a que llegaran nuevas maneras plásticas de entender y relacionarse con el mundo, generando encuentros, sincretismos y mestizajes.

Homi Bahbah, en su texto El lugar de la cultura, propone que el encuentro de dos culturas resulta necesariamente en un mestizaje, al que llama el tercer espacio, en el cual se da un intercambio de usanzas e ideologías de ambas partes. Bahbah afirma que en el tercer espacio se incorporan ambas culturas y se extienden unitariamente de una manera enriquecedora. Estos encuentros se pueden ver efectivamente en varios aspectos culturales que dejan de pertenecer a un grupo racial en particular, como lo pueden ser por ejemplo el jazz en los estados unidos o el candombe en el cono sur del continente Latino, en dónde se puede ver como una misma práctica cultural es el resultado de la convivencia en la construcción mutua de las comunidades blancas y negras. Bajo esta lectura, se podría asumir que existe una equidad frente a la construcción cultural de la sociedad contemporánea, entendiendo que el tercer espacio no podría haberse dado sin el aporte de ambas partes.

Si bien esta posición de Bahbah busca resaltar la importancia de la multiplicidad de culturas para enriquecer a todas las partes, parece dejar de lado el valor de las prácticas propias de cada cultura, que existe una resistencia a abandonar las raíces y permitir que la propia cultura se diluya en el encuentro con la otra.

Esta situación de resistencia es tratada por Eduard Glissant en su obra Poética de la relación, en donde contempla que la globalización puede generar como respuesta posiciones escencialistas en las culturas, que buscan reconocerse desde sus raíces e identificarse con estas. Afirma Glissant que la globalización ha restituido el lugar propio a cada cultura, pero recalca la importancia de que este lugar propio debería entenderse como un lugar de bisagra para relacionarse con otras culturas. Propone finalmente al caribe y al archipiélago como modelos interculturales que se deberían seguir, siendo estos espacios –desde el punto de vista tanto práctico como el poético- lugares de intercambio que permiten el estar en una cultura ajena y en la propia a la vez, permite estar enraizados y a la vez abiertos al intercambio con otras culturas, siguiendo el modelo de rizoma planteado por Deleuze y Wattari en Mil mesetas.

Si bien estas dos posturas presentadas buscan rescatar la importancia de una construcción cultural basada en la multiplicidad, el respeto por el otro y el abandono de fanatismos, resulta curioso preguntarse si estos encuentros culturales se pueden dar de esta manera en las sociedades contemporáneas, ya que a primera vista parecen idealizados y cuasi utópicos. En el caso del encuentro de las culturas negras y las culturas blancas, en la cultura americana, han existido condiciones de dominación, discriminación y privilegio que se ha mantenido desde la conquista y la colonia hasta el día de hoy. Aunque podamos señalar claramente que nuestra cultura es el resultado del sincretismo de las culturas blancas, negras, indígenas y demás, es evidente que aún existen dinámicas de privilegio de las culturas blancas sobre las demás, y que las culturas negras han sido histórica y sistemáticamente discriminadas a nivel social y estatal.

Existe un privilegio innegable al ser descendiente de la cultura blanca en el continente latino, ya que esto significa no pertenecer a una minoría discriminada y estatalmente abandonada. Los textos mencionados de Bahbah y Glissant parecen no tener en consideración las dinámicas históricas de dominancia que el pueblo blanco ha instaurado sobre los pueblos negros, que defiende la noción de que las usanzas e ideologías blancas y occidentales predominan sobre las afrodescendientes.

En el caso particular de Colombia –que es muy similar al caso general del continente americano- es tremendamente diciente que los departamentos colombianos con mayor índice de pobreza son los departamentos con mayor número de habitantes pertenecientes a las comunidades negras, y que estas mismas comunidades son las discriminadas laboralmente en todo el país. Históricamente se ha instaurado el pensamiento de que el negro debe estar al servicio del blanco, dando por sentada la posición de privilegio que se tiene por el color de piel con el que se nace.

Existe entonces una discriminación evidente hacia la cultura negra en el continente americano, pero esta problemática racial no se instaura únicamente en un rechazo al color de piel, sino a lo que esto culturalmente ha llegado a implicar. Las obras de Manuel Arenas y Liliana Angulo exponen el privilegio racial típico del continente latino, mostrando además los rasgos contradictorios de este privilegio.

Juicio cromático, Manuel Arenas (1999).

La obra Juicio cromático (1999) del artista cubano Manuel Arenas presenta las dinámicas de relación que existen entre la cultura blanca y la negra. En su obra, Arenas propone una categorización en 32 frascos de supuestos pigmentos color negro que están etiquetados con el nombre Artist´s Colors, Extra Fine Quality y marcados con los apellidos de distintos creadores afroamericanos, como Hammons Black que hace referencia a David Hammons, Pope Black que hace referencia a William Pope y una alusión a si mismo con Arenas Black. El último frasco no está marcado con el apellido de ningún afro reconocido, sino con un Negro de mierda, y en lugar de estar lleno de pigmento negro está lleno de la mierda del artista. Aquí Arenas hace evidente, a ojos de la cultura blanca, existe una distinción dentro de los mismos pueblos afro de aquellos que por un lado tienen alguna utilidad para la cultura dominante, y por otro los que no, que son “negros de mierda”. Hammons, Pope y el mismo Arenas se ponen como aquellos negros que son aceptados por la cultura blanca al producir obras que esta puede apreciar, haciendo evidente que los individuos afrodescendientes solo son apreciados y respetados si pueden entretener al blanco sin tocar sus privilegios.

Parece que existiera umbral de tolerancia de lo que la cultura blanca acepta y lo que no, y generalmente esto tiene una estrecha relación de lo que puede vender y lo que no. Estos fenómenos racistas de exotización de las demás culturas –que Arenas personifica en las celebridades negras- tienen intrínsecas unas dinámicas de poder y de privilegio que condicionan la manera en la que las prácticas culturales aparecen en la sociedad, y privilegian siempre al lado que tiene mayor dominación económica, que casi siempre es la cultura blanca. La cultura occidental blanca abraza la diferencia hasta el punto en el que le beneficia y que no la incomoda. Se celebran los logros de los ciudadanos afrodescendientes en ámbitos públicos, como los deportes y las artes, pero se invisibilidad la discriminación sistemática e institucional que muchos gobiernos tienen frente a estas comunidades. Pareciera que se acepta lo negro mientras pueda entretener y servir a lo blanco, y esta es una realidad tremendamente violenta y racista en la que vivimos.

El negro utópico, Liliana Angulo (2001).

Este tema también lo trata la artista colombiana Liliana Angulo en su obra fotográfica El negro Utópico (2001) en la que presenta un travestimiento al cubrir su piel con pintura y prendas negras, vistiéndose con ropas cliché de los negros norteameicanos de los años 90. La obra de Angulo pone en discusión al negro visto por la mirada blanca, que estereotipa y generaliza a una comunidad por su color de piel colocándola en categorías sociales que aterrizan en el cliché. La peluca de estropajo, el rol doméstico, la actitud cándida y el ambiente tropicalizado presentan el extremo del estereotipo de lo que la mujer negra es para la sociedad blanca, que se muestra como una normalización de las prácticas racistas que se han instaurado culturalmente desde la época de la conquista y se han reforzado por la imagen que los medios de comunicación masivos han presentado desde los setenta como lo que es la mujer negra.

Además de esta lectura de la obra –que es la descripción oficial que aparece en la página de la colección del Banco de la República- existe una interpretación que permite ver el backstage del circuito artístico colombiano. Con las políticas de inclusión racial cobrando importancia alrededor del mundo, la participación afro en el circuito del arte global se multiplicó en los últimos veinte años, a través de la creación de becas y estímulos exclusivos para las comunidades negras. Esto generó una inesperada respuesta por parte de algunos artistas afrodescendientes que afirman que existen privilegios para los artistas negros pero que ellos no gozan al no ser lo suficientemente negros, retomando los estudios taxonómicos sobre el color de la piel y la categorización de esta.

El tratamiento de la condición de negro en ambas obras se podría entender bajo la clave de diferentes niveles de negritud. El trabajo de Arenas presenta a un negro que no es lo suficientemente negro, o mejor dicho, que aunque sea negro no es tan negro como para molestar al blanco. En el caso de Angulo, ella se vuelve una negra que es lo suficientemente negra como para personificar la imagen servil del negro frente al blanco y así no vulnerar el privilegio blanco. Aunque la aproximación hacia la negritud en ambas obras sea opuesta, ambas buscan señalar que existe una noción del negro bueno frente al blanco, que es un negro obediente que se ajusta a las reglas del juego blanco, y un negro malo que delata y vulnera el privilegio blanco.

Estas dos obras, además de ser potentes y críticas frente a las problemáticas raciales del continente americano, ponen en evidencia las condiciones de privilegio racial dentro del mundo del arte. Ambas obras cuentan con un elemento autorreferencial hacia el artista que la realiza -Arenas se sitúa entre las demás celebridades afro y Angulo se presenta a sí misma como no tan negra-, siendo este un elemento que pone a los artistas mismos en el lugar de cuestionarse sus propios privilegios aún dentro de la comunidad negra. Estudiado en esta clave, las obras no solamente critican a la sociedad blanca, sino también a la sociedad negra que se ha mostrado obediente ante la blanca y que por eso llega a ser aceptada hasta cierto punto.

La función de estas obras, entendiendo la postura paradójica de las personalidades negras frente a la cultura blanca, sirve para evidenciar las posiciones de privilegio racial que existen en la sociedad. Las obras delatan la discriminación y las dinámicas de dominación racial dentro del continente, cuestionando la posibilidad de un tercer espacio que carece del respeto hacia el otro. A su vez, estas dinámicas de poder dificultan el encuentro igualitario y llevan a los artistas a revisar sus propias raíces para utilizarlas como evidencias históricas que sirven como lugar de resistencia frente a la dominación cultural blanca.

Entre tantas obras y textos que tratan estas problemáticas raciales, se escogieron las obras de Arenas y Angulo para este ensayo porque, al igual que los textos de Bhabha y Glissant, expresan una de las máximas posmodernas en la cultura occidental, que es la imposibilidad de que exista una identidad unificada y una verdad absoluta. Las obras de Arenas y Angulo no pueden presentar un punto de vista absolutamente correcto y contienen dentro de sí contradicciones, pero el acto mismo de presentar estas contradicciones es una negación de que el/la artista creador/a posee una verdad absoluta. Lo que poseen las artes contemporáneas es la potencia de cuestionar y preguntar, alejándose de la necesidad positivista de responder, para no buscar necesariamente caminos teleológicos con un objetivo claro, sino permitir que la obra se construya en la acción de hacer que el espectador se cuestione sobre lo que ve y lo que esto le suscita, sin la necesidad de una verdad absoluta.

Bibliografía

Alejandro Arango Suárez

Alejandro Arango Suárez, estudiante de artes plásticas en la UNAL, gestor cultural, cantautor, ha participado en varios proyectos culturales colectivos como la Revista ars 301, de la que actualmente es codirector, y Dear You Project. Actualmente se encuentra desarrollando su trabajo de grado con el Colectivo Decimigrantes.

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