Cursi

Por Dartes Derlohen (David Andrés Jiménez Cabuya).

En una calurosa y pandémica tarde me encontraba dando vueltas en mi cuarto en búsqueda de nuevas formas para evadir mis responsabilidades. Caminaba sobre un cuadrado imaginario mientras hacía rebotar una pelota de goma contra las paredes de mi habitación. Y mientras lo hacía, recordé que tenía un pequeño libro llamado Arte de distinguir a los cursis en un criadero de polvo que tengo por biblioteca.

El simpático nombre de esta obra me motivó a aprovechar mi indolente vagancia y matar la curiosidad por esa obra.

¡Vaya que sí fue satisfecha esa curiosidad! Fue tal el agrado que me provoco el texto que, al llegar a sus últimas páginas, no pude evitar que lo cursi me picara la lengua. En esa divertida lectura había encontrado una palabra lo suficientemente sugestiva como para no tomarla a la ligera, como si lo había hecho con muchos textos universitarios que tuve que devorar en 2020. No podía evitarlo, ¡Tenía que hacer algo con ella!

Así fue como me decidí nuevamente escribir para Alterciclo sobre esta palabreja. Esta es una aglomeración de símbolos que intenta describir a una persona que presume de ser fina y elegante sin serlo, o a una cosa que, con apariencia de elegancia o riqueza, es ridícula y de mal gusto[i]. En principio, a pesar de ser un término muy interesante, me pareció demasiado anticuado como para tener algún valor en la segunda década del siglo XXI… o eso pensé hasta que recordé las inmortales palabras de Jaime Garzón al hablar sobre nuestro lindo país:

“Yo creo que este país esta así [en la mala] porque en Colombia no hay colombianos. […] Los ricos se creen ingleses, la clase media se cree gringa, y los pobres se creen mexicanos […] y las y los intelectuales que hablan uno o dos idiomas se creen franceses”[ii].

Fue casi como una revelación. Este pensamiento se había convertido en una clara muestra de que la cursilería no es tema de siglos pasados, sino que tiene una bochornosa pero fascinante actualidad.

Considero que esto sucede porque muchos colombianos y colombianas han empedrado su camino a la cumbre social a través de una cultura prestada por otras naciones; bien sea a través de una cultura material exaltada en producciones extranjeras o por medio de las idealizaciones publicitarias de la vida en países “primermundistas”. Es por eso que la “falta de colombianos” no es solo provocada por un desconocimiento sobre lo que somos y un mal direccionamiento educativo, tal como lo denunciaba Garzón, sino que también es estimulado por la imitación del “buen gusto”[iii] y en el apego a ciertos imaginarios para alcanzar un cierto prestigio social en nuestra comunidad.

Pensémoslo a la luz de otro término hermanado con lo cursi: Lo esnob.

El o la esnobista, esa persona que imita con afectación las maneras, opiniones, etc. de aquellos a quienes considera distinguidos[iv], sería todo colombiano y colombiana que imita precariamente lo que considera de “buen gusto” en su entorno social. Por eso debo colocar en el mismo saco a la amplia fauna en redes sociales que no puede evitar subir una selfie con sus nuevas Dr. Martens con un pie de imagen en inglés de Google Traslator. Tampoco puedo olvidar a quienes resaltan sus imitaciones baratas de Ray-Ban en espacios cerrados o con luz artificial o a quienes portan orgullosamente camisillas de los Lakers o los Chicago Bulls sin haber visto uno de sus partidos alguna vez en su vida.

La imitación malograda e ingenua de ciertos bienes, servicios o valores que apreciamos como distinguidos es una afectación (al menos en los divertidos términos de mi librito)[v] que hace que muchos y muchas compatriotas presuman de una cultura que no es propia de su contexto. Es una búsqueda por proyectar nuestra identidad en el consumo de objetos y costumbres que nos alejan de “lo colombiano” y de esa imagen de país tercermundista impuesta bajo los parámetros económicos dictados al otro lado del charco. Es una forma clasista y rastrera de rechazar la cultura de la que azarosamente hacemos parte.

En este punto debo darle una noticia, amable lectora o lector: “El ser cursi es independiente de la posición, de la riqueza y hasta de la belleza natural de un sujeto”, según nos dicen Liniers y Silvela con exquisita malicia en su mordaz opúsculo[vi]. Este padecimiento afecta tanto a las personas con gran solvencia económica como a personas con escaso poder adquisitivo. Afecta por igual tanto a extranjeros como a paisanos, y lo mejor (o peor) de todo esto, es que muchos y muchas lo sufren sin ni siquiera notarlo.

Esto sucede porque “el ser cursi no es una cosa esencial, ni una idea absoluta, sino una cualidad derivada, una idea de relación que varía según los términos con que se compare”[vii]. Con esto quiero decir que cualquiera, bajo diferentes estándares de comparación diferentes a los propios, puede ser tachado de cursi o de esnob. Incluso usted (¡Si… usted también, lector o lectora!) podría hacer parte de la banda de cursis o esnobistas que representa a esos colombianos que son de todo menos colombianos.

Tal vez su cursilería no sea tan evidente. Tal vez solo se exhiba en pequeñeces como en la decoración de su habitación o en momentos muy puntuales en el trato a otros seres humanos. Pero sin importar la trivialidad de este resbalón, es ineludible para cualquiera de nosotros tener un momento en que haya “una desproporción evidente entre la belleza [o mejor, entre lo que consideramos distinguido] que se quiere producir y los medios materiales que se tienen para lograrla”[viii], al menos a ojos ajenos a nuestros propios criterios.

Es por esta cuestión, además de que tengo rabo de paja, que me gustaría compartir uno de mis tantos deslices cursis o esnobistas. Creo que compartir esta pequeña anécdota sirve para concretar lo dicho y estimular una reflexión sobre las distintas ocasiones en que la cursilería haya aflorado de nuestros poros. Solo usted podrá decir si este chascarrillo entraría en la ingrata categoría que abordamos en este texto, pero al menos por mi parte, lo veo como uno de esos lapsus de idiotez que me arrastraría a la cursilería o esnobismo más recalcitrantes.

Durante mi adolescencia había absorbido una cultura metalera –anglosajona, ochentera y violenta– que despreciaba la “calidad” de las bandas latinoamericanas del género sin otro criterio más que el idioma en el que cantaban. A esto habría que sumarle una doctrina tácita de dureza y forzosa adultez que imitara a los intérpretes de expresiones altivas en nuestros posters; debíamos demostrar que sabíamos TODO sobre las bandas que decíamos que escuchábamos y los símbolos que usábamos; que éramos hombres que aguantábamos cantidades ingentes de alcohol barato (o drogas de todo tipo) y que soportábamos estoica –o masoquistamente– los brutales Wall of Death[ix] que algunas bandas incitaban para hervir la sangre de sus feligreses[x].

No había espacio para las fallas que develaran que éramos unas lámparas o posers que reptaban en la comunidad metalera. Algunos seguíamos sin rechistar o meditar una serie de premisas cursis y las usábamos para construir nuestra identidad, siempre intentando parecernos a lo que percibíamos de las celebridades importadas que hacían esa música que tanto me gustaba. Mejor dicho, para ser un verdadero metalero había queparecerse a las estrellas angloparlantes que veíamos a través de Mtv o de Youtube.

Podría extenderme un poco más sobre los “deberes culturales” que todo verdadero metalero debía cumplir, pero prefiero ir cerrando este texto. Debo concluir que, en esencia, esta era una actitud cursi que intentaba replicar –consciente e inconscientemente– una serie de imaginarios para intentar re-apropiarlos como parte importante de nuestra identidad personal. Era la imitación artificiosa, presuntuosa e irreflexiva de una cultura que consumíamos y no entendiamos; una ofuscada traducción de imágenes, letras y sonidos con la que anhelábamos moldear nuestro carácter y justificar nuestros prejuicios personales.

Una imitación que, para alivio de quienes me conocen y estiman, ha quedado en el pasado como la infantil etapa de un muchachito tanteando un lugar que lo acogiera en este mundo[xi].

Aún nos queda mucho que decir sobre la cursilería y el esnobismo. Este texto es solo una exploración superficial de una riquísima categoría estética; una categoría llena de matices con el potencial de capturar, explicar y producir una serie de fenómenos culturales en la sociedad en la que vivimos. Por esta razón prefiero detenerme y dejar descansar el tema para reorganizar las ideas encontradas a lo largo de la escritura de este artículo.

Y a quien me haya seguido la cuerda hasta aquí, queda abierta la invitación a que nos encontremos en los comentarios. Si lo desea, podría compartir alguno de esos bochornosos pero comunes resbalones de cursilería que todos hemos tenido alguna vez en nuestra vida. Probablemente coincidamos en algunos y encontremos en ellos un espacio para empezar a conversar un poco más sobre lo cursi en la cultura colombiana.


Notas al pie

[i] “Cursi.” Diccionario de la lengua española. 22° Ed. Impreso.

[ii] https://www.youtube.com/watch?v=H5R9dy8Xfzc&ab_channel=U.deCaldas Min. 2:20.

[iii] Con este concepto me gustaría acoger cualidades como la elegancia, la finura o riqueza que pueden ser propios ciertos servicios, productos y valores bajo su comparación con ciertos imaginarios sociales.

[iv] “Esnob.” Diccionario de la lengua española. 22° Ed. Impreso.

[v] Santiago de Liniers & Francisco Silvela. Arte de distinguir a los cursis. 37.

[vi] Santiago de Liniers & Francisco Silvela. Arte de distinguir a los cursis. Pg. 22.

[vii] Santiago de Liniers & Francisco Silvela. Arte de distinguir a los cursis. Pg. 19.

[viii] Santiago de Liniers & Francisco Silvela. Arte de distinguir a los cursis. Pg. 21.

[ix] https://www.themetalcircus.com/reportajes/10-walls-of-death-salvajes/

[x] En este texto solo abordo uno de los tantos imaginarios de esta comunidad (en particular desde mi experiencia y cercanía con géneros como el Thrash, Black y el Death Metal). Esto no debe hacernos olvidar que existen muchos otros imaginarios que explorar, como los que están ligados a ciertas bandas, a otros géneros musicales o a la identidad de género de las personas que integran esta comunidad.

[xi] Después de arrojar esta confesión a su inquisidora lectura, no está de más advertir que este testimonio no habla ni por asomo de la totalidad de la escena metalera en la que tuve la oportunidad de participar. Esta es solo una experiencia particular que intenta ilustrar como la cursilería puede tener cierta vigencia en nuestro tiempo y contexto, ya que la mala imitación de una cultura ajena –como la anteriormente descrita– es una de las raíces de la negación de lo que somos, además de ser un potenciador de los defectos que nos conforman.

Sobre el autor: Artista con ínfulas de filósofo. Filósofo que añora ser artista. Artista plástico y actualmente estudiante de filosofía de la Universidad Nacional de Colombia. Ha trabajado como mediador artístico, tallerista y docente voluntario en la ciudad de Bogotá D.C. A veces sube cosas interesantes a su Instragram.

2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Diana Jiménez dice:

    ME ENCANTÓ ESTE TEXTO. Quiero agradecerte por permitirnos ampliar nuestras perspectivas ante una realidad social innegable en nuestro país; Lamentable pero cierto, más de un Colombiano desea ser más que eso, como si ser Colombiano no fuera lo suficientemente bueno. Quizá hace falta más apropiación de nuestra parte, más cultura y conocimiento para volver a Colombia uno de esos países que toman como referencia. Me atrevo a decir que antes de tu texto nunca me había interesado por definir la palabra «Cursi», y ahora sé que es usada de manera equívoca en mi contexto; Definitivamente la mayoría de nosotros hemos tenido deslices de cursilería, probablemente más de uno. Te felicito por este gran aporte reflexivo, espero que así como me acaba de suceder a mi, los lectores puedan sacar más de un aprendizaje positivo de tus palabras.

    Le gusta a 1 persona

  2. David Vargas dice:

    Muy buen escrito, me haces reflexionar mucho sobre muchas actitudes cursis y esnobistas que al leerlas me hacen caer en cuenta que las he tenido y hoy en día conservo algunas. También me lleva a pensar en que muchas personas de mi generación y la que me sigue, siguen adquiriendo estas características y cada vez más se desentienden de su identidad como colombianos y lo que nos caracteriza como región; no dimensionan la situación en la que vivimos y al igual que yo, solo opinamos del tema sin poder hacer nada, lo que me lleva a pensar en que como individuos supuestamente libres seguimos sin encontrar una solución a los problemas que nos competen como país y sin poder tomar partido acerca de los mismos. Por mi parte, agradezco las palabras que leí en este texto, abren un punto de vista que no tenía en cuenta y que tal vez jamás había pensado de la misma manera en la que lo hago ahora.

    Le gusta a 1 persona

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s