Conocer a través de la cultura

Un primer intento por justificar lo que hacemos todos los días y lo que hacemos en este blog.

Para muchas de las personas que trabajamos en el sector de la cultura nos es común la creencia de que esta tiene algún valor. Ya sea porque justifica los quehaceres que nos apasionan como porque percibimos su impacto sobre nuestra realidad –entre muchas otras cosas más–, consideramos que la cultura lleva marcada sobre su piel la impronta de alta estimación para la vida humana. Una estimación que ha hecho que se generen a su alrededor diferentes campos de conocimiento que se avocan a su entendimiento, desarrollo y legitimación dentro de nuestras sociedades.

Aceptando esta valoración optimista, tiene sentido pensar que nos dedicamos a un campo que tiene un valor para este mundo y que no perdemos el tiempo en ocupaciones vacías de significado. Ahora bien, esta afirmación raya en lo inocente cuando nos damos cuenta que podemos tener ciertas dificultades al momento de comunicar claramente este valor a quienes no comparten esta creencia. Y la primera de estas dificultades está en la justificación de dicho valor.

Poniéndolo en cristiano: ¿qué justifica el valor de la cultura dentro de las sociedades humanas?

Antes de seguir la lectura, quisiera que sumercé, querida lectora o lector, intente responder esta pregunta.

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¿Sera cosa mía o es una pregunta un poco difícil de responder?

¿Cómo podemos justificar la importancia de un conjunto de conocimientos, creencias y costumbres y todo lo que deriva de él para las sociedades humanas?

Esta pregunta me acoso durante una gran parte de mi primer pregrado y solo hasta empezar la recta final de mi segunda carrera me he acercado a una respuesta contingente y medianamente aceptable, la cual pondré en claro en esta nueva entrada para Alterciclo: Una parte de la importancia de la cultura radica en ser un campo de posibilidades para que el ser humano pueda comprender la realidad.

Este pensamiento se deriva de una breve reflexión que hice para una de mis asignaturas en la universidad. En esta clase nos acercamos a la propuesta de Heinrich Rickert en su libro Ciencia cultural y ciencia natural (1922) para intentar entender cómo se podría concebir la estética dentro de un paradigma cientificista[i]. Y como intuyo que la estética es parte de la cultura al ser la filosofía un producto de ella[ii], pienso que este sub-campo de esta disciplina es un buen elemento en la tarea de justificar como la cultura tiene un valor para las sociedades humanas.

Heinrich Rickert

Debemos empezar esta justificación teniendo en cuenta que Rickert abre su texto exponiendo un problema fundamental para la investigación científica: la necesidad de una distinción entre las ciencias naturales y las ciencias culturales[iii]. Esta distinción busca darle mayor solidez a las llamadas ciencias culturales, las cuales carecen de un concepto que defina “los intereses, problemas y métodos comunes a las disciplinas empíricas no pertenecientes a la ciencia natural”[iv]. Y es por esta falta de un concepto común que este alemán se interesa en plantear una forma clara de presentar las dos formas de exposición que delimitan el conocimiento científico.

Para Rickert, la distinción entre estas dos formas de exposición científica se basa en sus términos lógicos. No es del interés de nuestro autor hacer una diferenciación material –o de contenido– para cada una de las ciencias[v], sino que su interés principal es partir de la diferencia en la elaboración y ordenamiento del material en cada ciencia particular –es decir, del método con el que investigan los objetos y acontecimientos–[vi] para distinguir estas dos formas de exposición científica. Así es como se podrá generar una base para que las ciencias culturales adquieran un sistema coherente de problemas con el cual empezar su investigación y comprensión de la realidad.

Ahora bien, ¿qué tiene que ver esto con la estética?

Precisamente es en la clara delimitación de las ciencias donde este sub-campo filosófico empieza a tener cabida. Esto sucede porque “una división en ciencias naturales y ciencias culturales basada en la especial significación de los objetos de la cultura podría manifestar mejor que ninguna otra la oposición de intereses que separa en dos grupos a los investigadores”[vii]. Y es en esta manifestación, separadas por los métodos con los que se investigan dichos intereses, que es posible definir un margen de acción investigativo para la estética.

Pongamos un ejemplo con un objeto considerado “estético”: una pintura. Este objeto puede ser analizado tanto por científicos naturales como por científicos culturales sin ningún problema. La diferencia entre estos está en el método –en las preguntas y registro de información– que estos científicos usarían para dicho análisis: por un lado, un químico se preguntaría por la composición de los pigmentos sobre tela y lo registraría en un informe técnico; mientras que, por otro lado, un filósofo enfocado en estética valoraría el significado que tiene esta configuración de pigmentos y consignaría su interpretación en un ensayo argumentativo.

Si tomamos Río Magdalena (1947) de Jesús María Zamora podríamos analizar y registrar las propiedades del pigmento usado para recrear una vista del rio Magdalena. Esto nos hablaría de las cualidades del material que ha sido usado en la creación de este objeto –un óleo de cierto color y composición sobre un pedazo de tela, la cual ha sido tratada con otros productos químicos para que reciba y conserve adherido este óleo–. Aquí encontramos el primer problema de las ciencias naturales y es que en este caso, a los ojos del químico, la pintura dejaría de ser una pintura –es decir, un fenómeno físico con un significado dentro de una comunidad humana– y pasaría a ser un objeto artificial sin ningún valor dentro de un entorno no-humano. La química, desde su perspectiva de ciencia natural, concebiría la pintura como materia y no como un objeto que trasciende su composición física.

Aquí el margen de acción investigativa de la estética estaría en el método histórico[viii] con el que el filósofo dirige y enfoca sus cuestionamientos para dar cuenta de aspectos significativos de la pintura como fenómeno físico con significado[ix]. Esta sería una orientación que convertiría la obra de Zamora no en un objeto “natural” sin un valor alguno, sino que la convertiría en un objeto cultural con una valoración específica dentro de una sociedad humana como es la sociedad colombiana. La pintura no sería una mera aglomeración de materia acumulada de cierta manera, sino que sería un objeto hecho por un sujeto –Zamora– que tiene la intención de recuperar los valores sociales y culturales del paisaje como una imagen capaz de conmover al espectador y de representar una visión particular sobre el territorio –geográfico e idiosincrático–[x].

Imagen 1: Rio Magdalena (1947)
Jesús María Zamora
Óleo sobre lienzo
Museo de arte Miguel Urrutia (MAMU)

Estimadísima lectora o lector, este es un primer acercamiento a un tema tan difícil como lo es la justificación de la cultura en el ámbito humano. Es por eso que tal vez encuentre este texto bastante  insuficiente para justificar satisfactoriamente como la cultura puede tener algún valor en las distintas sociedades que habitamos. Aunque gracias a Rickert y a su búsqueda por una base sólida de investigación científica podemos decir que la cultura –al menos expresada desde el caso particular de la estética– tiene un lugar en el conocimiento a través de las llamadas ciencias culturales, eso no hace que la mirada cientificista contemple a cabalidad todas las posibilidades para comprender suficientemente la realidad. Es decir, ¿qué pasa con toda esa producción humana que no pretende tener una base sólida y sistemática de elaboración y ordenamiento de su contenido? ¿Acaso la cultura no contiene dentro de sus procesos una parte irracional o inconsciente que procesa la experiencia humana más allá de “la luz” de la razón? ¿Cómo entraría el caos y la entropía, condiciones ajenas al orden de la estructura lógica de la ciencia, en las narrativas con las que damos sentido al mundo que nos rodea?

Queda mucho por explorar y tejer al reflexionar sobre el lugar de la cultura en las sociedades humanas –y dicho de paso, entender y justificar lo que muchas y muchos hacemos en nuestro día a día–. De momento debo dejar hasta aquí la reflexión y pasar la bola para que sumercé como leyente entre en este juego, no sin antes dejarle una espina que puede generar un debate interesante: ¿por qué debemos justificar el valor de la cultura dentro de las sociedades humanas?


[i] Esta inscripción dentro de las ciencias no es necesariamente bueno, pero es un primer espacio donde podemos plantear la importancia de la cultura de forma recursiva.

[ii] En el escrito de Rickert no se enuncia de forma clara si se considera a la filosofía dentro de las llamadas ciencias culturales o si la considera como una disciplina (o herramienta) fuera de estas. De momento, tomaremos a la filosofía, y en consecuencia a la estética, como una ciencia cultural.

[iii] Estos son los dos grandes grupos de ciencias particulares que Rickert distingue en la investigación científica.

[iv] Rickert, pág. 5.

[v] Para nuestro querido filósofo neokantiano, esto corresponde al trabajo de cada especialista dentro de su ciencia particular.

[vi] Rickert, pág. 6.

[vii] Rickert, pág. 18.

[viii] Según Rickert, este es el método de investigación propia de las ciencias culturales (págs. 19 – 20).

[ix] En la propuesta de Rickert entra la idea de valor como una característica importante en la distinción de las ciencias y de sus objetos. Esto sucede porque el valor, una cualidad reconocida por el ser humano, es lo que distingue los objetos naturales de los culturales. “Por mucho que estiremos esta oposición, siempre supondrá necesariamente que en !os procesos culturales está incorporado algún valor, reconocido por el hombre y en atención al cual el hombre los produce o, si ya existen, los cuida y cultiva. En cambio, lo que ha nacido y crecido por sí [la naturaleza], puede considerarse sin referencia a valor alguno; y debe considerarse así si realmente no ha de ser otra cosa que naturaleza en el indicado sentido” (pág. 23).

[x] Cabe aclarar dos cosas antes de cerrar este texto:

  1. Rickert no aísla la ciencia natural y la ciencia cultural en el proceso de comprensión de la realidad. Existen una serie de territorios intermedios los cuales unen las diferentes investigaciones científicas que puede tener un objeto o acontecimiento, os cuales en ningún momento anulan la oposición entre estas ciencias (pág. 20).
  2. Rickert hace una distinción muy clara entre los objetos y acontecimientos sensibles a ser investigados por la ciencia como lo son la naturaleza y cultura. Para este autor, la naturaleza es “el conjunto de lo nacido por sí, oriundo de sí y entregado a su propio crecimiento” mientras la cultura es “lo producido directamente por el hombre actuando con fines valorados” (pág. 23).

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